martes, 13 de agosto de 2013

Rojo - Capítulo XV

Capítulo XV
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El coche se detuvo, y así como había sucedido en el resto del camino, me resultó imposible saber dónde estábamos. Las cortinas oscuras permanecían cerradas y sólo una luz proveniente de la parte baja de las puertas iluminaba el interior. Nuit permanecía sentada junto a mí, con su impecable vestido blanco, como si fuese una diosa griega. Dentro de mí se desplegaban más emociones de las que era capaz de definir. Deseo, miedo… adoración.
Aún no comprendía la fascinación que ella despertaba en mí.
Bajé la mirada y observé el anillo que permanecía en mi mano. Cuando estuve sumergido en aquella oscuridad, en medio del pánico y la desesperanza que me abordaron, deseé quitármelo y arrojarlo lejos. Pero finalmente no había podido hacerlo. Luego había llegado Nuit, cargada con una dulzura inusitada en ella, y me invitó a arriesgarme un poco más. No fui capaz de negarme. Algo dentro de mí, mucho más poderoso que el deseo, me obligaba a permanecer. A pesar de la incertidumbre. A pesar de la humillación.
El coche retomó el camino. Habían transcurrido varios minutos desde que saliéramos del Atlantis. Desconocía la dirección que habíamos tomado, así como desconocía qué tan lejos estaba de casa. La inquietud y el sabor del miedo no me habían abandonado, permanecían en mí, agujereándome por dentro, buscando una salida que no estaba dispuesto a darle.
El recuerdo de aquel hombre en la habitación permanecía latente en mi memoria. Pero ella había dicho que cuidaría de mí y quería creerle, al menos por lo que quedaba de noche.
Volvimos a detenernos y yo miré a Nuit una vez más. Me devolvió la mirada, y me quedé prendado de sus hermosos ojos azules, acentuados por el marco que le daba la máscara. Había tantas preguntas rondando en mi mente, tantas interrogantes en torno a ella. El modo en que había llegado a éste extraño mundo, sus inquietudes, sus pasiones reales. Las olvidé casi todas en el momento en que ella entreabrió los labios humedecidos por el maquillaje. Deseaba besarla, hundirme en la humedad de su boca y calmar de ese modo mi mente.
—Hemos llegado —me avisó, y la rigidez en mi estómago se acentuó ¿A dónde habíamos llegado? ¿A qué extraño imperio de perdición me había traído?
Era imposible saberlo, como era imposible para mí no seguirla al destino que ella decidiera. Estaba comprendiendo, del modo más duro, que le estaba cediendo a Nuit la dominación absoluta de mis emociones.
Ella se deslizó fuera del coche y esperó a que la siguiera.
Una vez fuera, pude observar con detalle el enorme palacio. Las luces en el interior tintineaban como hermosas llamas jugando en la noche ¿Estaría iluminado con velas? La curiosidad fue poco a poco ganando terreno, relegando al miedo a un cercano segundo plano. Miré a mi espalda. Un interminable camino franqueado por altos arboles marcaba el sendero que acabábamos de recorrer.
—¿Dónde estamos? —pregunté con cautela, en tanto el coche se alejaba y un hombre enfundado en un impecable traje de etiqueta y un antifaz negro, nos recibía.
Nuit me miró con aquella diferente sensualidad que venía desplegando desde que apareciera ante mí vestida de ángel. Se acercó los pasos que nos separaban y acomodó mi mascara para luego deslizar los dedos enguantados por  el contorno de mi rostro.
—Debes aprender a disfrutar del misterio —dijo, con el mismo tono amable que venía utilizando.
—Disfruto de ti —contesté con sinceridad. El misterio para mí estaba en ella.
Nuit se quedó un poco más de lo habitual, enfocada en mis ojos. Callada. Finalmente su voz me invitó a seguirla.
—Vamos, estás deslumbrante.
Veníamos aquí, pero en calidad de qué lo hacíamos. Bajé la mirada y me reí ante la absurda pregunta. Yo era su esclavo, un adorno al que luciría, su propiedad. Instintivamente acaricié el anillo en mi dedo. Ese anillo que resultaba un enlace vital para mí.
Ante esas palabras volví a mirarla, pero ella ya se había girado y avanzaba hacia la entrada. Una corta escalinata de piedra precedía las interminables puertas abiertas de par en par. Dos altos hombres, también vestidos de esmoquin, las franqueaban. Una vez en el interior, comprobé que la iluminación estaba compuesta por velas. Una lámpara enorme adornaba la primera estancia que cruzamos en solitario. Al entrar al siguiente salón, otro hombre vestido como los anteriores nos recibió, indicándonos el camino que debíamos seguir.
Nos encontramos ante un salón hermosamente festivo. Nuit avanzaba unos pasos por delante de mí, guiándome. Se nos acercó un hombre con copas de champagne, Nuit tomó dos y me ofreció una a mí. Nada en el lugar y las personas indicaba que esto fuese algo más que una lujosa fiesta en un hermoso palacio.
Continuamos el recorrido por el amplio salón ¿Buscábamos algo? Sabía que aunque formulara la pregunta ella no iba a revelarlo. Seguí observando el ambiente, protegido por el refugio que me daba la máscara. Un refugio que los demás asistentes también poseían.
En las paredes decoradas con hermosos tallados, había candelabros con velas encendidas. Pude ver a uno de los sirvientes con una alta varilla en la mano, pasando la llama de una vela a otra que se había apagado. La voz de una soprano se abría paso por entre las conversaciones sin interrumpirlas. Por un instante me olvidé de todo, noté la curiosidad abrirse paso por mis sentidos. Deseaba grabar en mi memoria cada imagen. Al fondo del salón, una amplia escalera de mármol blanco ascendía a la segunda planta. Y un detalle: las máscaras que adornaban los rostros de los presentes sólo se repetían una vez, lo que me llevó inevitablemente a pensar en que marcaban una unidad, una pertenencia.
Observé instintivamente a Nuit, ella estaba con la mirada perdida en los ocupantes del salón. Continuaba con su búsqueda de algo, quizás de alguien. Por un momento me vi a mismo en su mirada. Vislumbré el modo ansioso en que solía buscarla cuando llegaba al Atlantis. Y el esfuerzo sobrehumano para no delatarme. Ante ese descubrimiento sentí mi pulso acelerarse ¿Quién sería el dueño de su adoración? Bebí de la copa que me había entregado, esperando calmarme.
—¿Buscas a alguien? —pregunté sin medir mis palabras. Nuit me miró,  el brillo de su máscara que era idéntica a la mía, decoraba el contorno de sus ojos.
—¿Parece que busco a alguien? —me sonrió, tomando la copa que estaba en mi mano y bebiendo de ella en un marcado gesto de pertenencia, sin dejar de observarme. Yo era suyo, no al revés, no debía olvidarlo. Dejó ambas copas sobre una mesa cercana— Sígueme.
Comenzó a adentrarse aún más en el salón, esquivando a los presentes con movimientos precisos y elegantes. Parecía obvio que estaba acostumbrada a este tipo de reuniones. Me acerqué un poco más a ella, y le hablé desde muy cerca.
—Tengo la sensación de que soy un adorno.
Me miró y sonrió con indulgencia, sin detenerse. Finalmente dobló hacía otra estancia algo más intima en comparación con aquel enorme salón.
Escuché, en medio del rumor de la habitación, un pesado sonido metálico que se acercaba. Miré a mi espalda, y me encontré con otro sirviente que nos ofrecía en una bandeja de plata unas copas servidas con un líquido rojizo. Mantenía la cabeza agachada, sin mirarnos a los ojos y el sonido metálico provenía de los gruesos grilletes que llevaba en los tobillos. Nuit tomó una de las copas y me la ofreció. La recibí intentando aislar el impacto de la imagen de aquel hombre arrastrando sus pies.
—¿Tú no bebes? —le pregunté, ante la ausencia de una copa en su mano.
—Ya lo he hecho —contestó con calma.
Volvió a su labor, observando a través de los presentes. Buscando, como lo haría un jaguar blanco en medio de la vegetación. Sutil y peligrosa.
Me llevé la copa a los labios. El líquido era ligeramente dulce y afrutado, parecido a un vino suave. Recorrí con la mirada los rincones, al igual que Nuit.
—Sigamos —extendió una invitación que me era imposible de rechazar.
Desde esa estancia pasamos a otra. Un salón pequeño, menos iluminado que los dos anteriores. En éste no había lámpara central, sólo candelabros. La voz de la soprano se escuchaba distante, y las conversaciones entre las personas se limitaban a murmullos.
De pronto escuché el chasquido de un látigo. Me giré de inmediato, buscando el lugar desde el que provenía. Una mezcla mal sana de excitación y angustia se entrelazó en mi vientre. El ruido procedía de un rincón del salón. Un hombre sostenía en su mano un largo látigo que iba enrollando, en tanto quienes le acompañaban reían y bebían de sus copas, como si acabasen de presenciar el número de un artista.
—Espera aquí —me indicó Nuit.
La vi acercarse a otro hombre que permanecía oculto tras su propia máscara. Él la miró de pies a cabeza y le acarició suavemente el hombro con los dedos envueltos en un guante de piel negra. Nuit sonrió complacida, bajando la mirada para luego posarla en mí, casi con timidez. No estábamos a demasiada distancia, pero aún así no llegué a oír las palabras que pronunció. El hombre me observó, sin llegar a mirarme a los ojos, sin embargo la fuerza de su mirada me impactó. A punto estuve de retroceder, sintiéndome absurdo y nimio. Me estaba evaluando, lo sabía. Luego la miró y deslizó su dedo por la cadena que ella siempre llevaba al cuello.  Nuit asintió una sola vez.
No tuve que preguntar nada, para mí estaba claro. Ese hombre la dominó con un único gesto. Se me atoró el aire en la garganta y un fuerte dolor en el pecho.
Él se giró, dándole la espalda. Ella se quedó un segundo de pie, y volví a verme a mi mismo en aquella suplica de atención. Cuando su pequeña esperanza se rompió, regresó hacia mí. Su expresión había cambiado.
—¿Más vino? —preguntó con amabilidad.
—Aún tengo —contesté lo obvio, enseñando mi copa.
—Entonces bébelo —me indicó, mirándome fijamente.
La obedecí, sin aparatar los ojos de ella. Noté el sabor en mi lengua, la textura llenando mi boca y el exquisito sopor que lo fue acompañando. Comencé a sentirme más liviano, como si las preocupaciones perdieran importancia. 
Volví a observar a mi alrededor. Era cada vez más evidente para mí el ambiente que se vivía. Todo el lugar destilaba sexo y erotismo.
Los asistentes comenzaron a parecerme diferentes, era como si la intensión de sus miradas y gestos, cambiara. O quizás, simplemente no lo había notado. Las manos que abrazaban, parecían más posesivas, las voces más sugerentes. Todo era más intenso.
Miré la copa en mi mano y en medio de la magnificación de mis sentidos, me pregunté qué era aquel líquido. No lo sabía, pero mi sangre bombeaba con fuerza, llenándome de vitalidad. Preparándome. Luego me enfoqué en Nuit, que me observaba atentamente. El brillo pálido de sus labios los hacía más deseables para mí. La curva estilizada de su cuello me invitaba a recorrerlo con una caricia, de mi mano o de mi boca, ya daba igual. La caída sensual de la tela de su vestido sobre el pecho, me ayudaba a imaginar las formas de su cuerpo.
—Vamos —dijo, y su mano enguantada sostuvo la mía.
Comenzamos a salir de aquel lugar, yo dejé la copa casi vacía en algún punto del camino. Nos encontramos con una cortina que delimitaba el salón y pasamos a otro. Era como si cruzáramos de una dimensión a otra. La música ya no se escuchaba desde aquí. El aire era más pesado. Olía a perdición.
Mis ojos se fueron adaptando a la escasa luz. Mis sentidos algo alterados, comenzaron a percibir sombras que se movían sinuosas y sonidos que no podía describir. La mano de Nuit apretó la mía, cuando perdido en lo que veía, estuve a punto de chocar contra una mujer que se encontraba arrodillada en el suelo. Su elegante vestido formaba ondas alrededor de su cuerpo, mientras ella bebía de un cuenco que había en el suelo. Llevaba una cadena al cuello, como si fuese un perro, que era sostenida por un hombre de pie a su lado. Cuando me detuve en seco para esquivarla, me miró por un momento a través de su máscara y luego me gruñó.
Por un momento temí a que me mordiera.
—Sigamos —Nuit llamó mi atención. Volví a mirarla, esta vez estaba justo bajo la luz de un candelabro y le resté importancia a lo que acababa de ver.
—Quiero besarte —confesé, alentado por el sopor y ligereza que el vino me había dejado.
—¿Ah, sí? —sonrió cuando me lo preguntó.
Por un momento sentí en el pecho el revuelo absurdo de la esperanza.
—Sí…
Su sonrisa se volvió algo más peligrosa.
—Atrévete —me retó.
—¿Cuándo y dónde tú digas? —pregunté.
Ella sonrió ampliamente. Una de las sonrisas más sinceras y hermosas que recordaba haberle visto.
—Vamos —dijo, y tiró nuevamente de mí.
Mis pensamientos ya estaban perdidos en intentar ganar, como si fuese un trofeo, otra sonrisa igual de bella. Acaricié con el pulgar su mano cubierta por la tela. Nuit se movió como si quisiera mirarme, no lo hizo, pero su mano abandonó con suavidad la mía. Su petición ya estaba trazada, así que la seguí.
Nos abrimos paso a través de los cuerpos, los murmullos y la sexualidad que ahí se desplegaba. Llegamos junto a una escalera que servía a su vez de escenario para inusuales preliminares. Hombres lamiendo las manos enguantadas de quienes, debía suponer, eran sus dominadoras. Otros que arrastraba con cuerdas atadas a las muñecas a mujeres que subían los peldaños de rodillas. Nuit avanzaba ignorándolos, como si nada de eso fuese nuevo para ella.
Tuve que recordarme una vez más sus palabras en el club. Sólo ellas conseguían calmarme.
Llegamos a la segunda planta. Yo mantenía mi mano apoyada contra la pared a modo de resguardo. Sabía que no estaba borracho, al menos no de alcohol. No dejaba de mirar a Nuit, ella era mi referencia. El único lugar seguro.
Por el amplio pasillo por el que transitábamos, continuamos encontrando parejas, y en algunos casos grupos, completamente ajenos a lo que sucedía a su alrededor. Había puertas a ambos lados e incluso zonas oscuras, cuyos candelabros ya habían consumido su luz.
¿A dónde me llevaría Nuit? ¿Se repetiría algo de lo que me había enseñado en el club? Noté un pequeño escalofrío al pensar en lo que podría estar pasando tras las puertas que íbamos dejando atrás.
Finalmente se detuvo e introdujo la llave que colgaba de su cuello en la cerradura. Cuando la entrada estuvo abierta, me invitó a pasar con un gesto. Me quedé muy quieto y la observé atentamente. Ella tomó la vela que había en el candelabro junto a la puerta, dejando esa parte del pasillo a oscuras, y entró sabiendo que la seguiría.
Cerré los ojos e intenté calmarme. Avancé hasta la habitación y observé el interior con cierto recelo. La sorpresa que me llevé fue enorme. Tal vez, en mi inconsciente, esperaba encontrar una habitación plagada de hierros e instrumentos de tortura, pero no fue así. Di un paso adelante, en tanto Nuit iba encendiendo algunas velas instaladas en dos altos candelabros.
—Cierra la puerta —me pidió.
Obedecí, fascinado con las suaves formas de todo lo que había en aquel espacio. Las paredes, de un blanco inmaculado, estaban bordeadas por molduras de color dorado. Los muebles  estaban tapizados en colores tan delicados, que apenas reparabas en ellos. Un tocador de madera blanca decoraba un costado, y un espejo cubría por completo la pared del otro lado. No pude evitar preguntarme si alguien nos estaría observando. Aquella interrogante se desvaneció de mi mente cuando observé la cama. Hasta ahora, nunca habíamos estado Nuit y yo junto a una. Era hermosa. Una cama con un alto dosel, adornada con cortinas tan blancas como el resto del lugar.
—No te quedes ahí —dijo ella, acercándose al tocador—, siéntate.
Me acomodé en un sillón que había junto a ella. La vi abrir uno de los cajones del mueble y sacar del interior una larga boquilla. La sola idea de un cigarrillo me relajó. El sopor del que había sido víctima se iba consumiendo lentamente, como si hubiese estado ahí sólo con un propósito ya cumplido, devolviéndome a mi estado normal.
Nuit ajustó un cigarrillo al final de la boquilla y se acercó con ella a uno de los candelabros, sirviéndose de la llama de una vela para encenderlo. Absorbió el humo lentamente y se deleitó con él. Sus dedos sostenían con delicadeza la varilla negra, que contrastaba con el blanco de sus guantes. Cuando comenzó a liberar el humo me miró y extendió la boquilla hacia mí. La tomé y fumé, notando la calma característica que me deba un cigarrillo.
Quise devolvérselo cuando comencé a soltar el humo, pero Nuit negó con un suave gesto de su cabeza y sus dedos liberaron el alfiler con el que se sostenía el pañuelo que rodeaba mi cuello.
¿Qué estaba pasando? Esto no era lo normal. Me había habituado tanto a las cadenas, los castigos y las largas sesiones de ansiedad, que me resultaba inverosímil verla ante mí como una mujer cualquiera.
Ella no lo era.
Busque su mirada tras la máscara que seguía cubriendo su rostro, pero ella no me miraba a los ojos. Parecía abocada a una labor. Enfocada únicamente en un cometido. Sus dedos buscaron los diminutos botones de mi camisa y yo sostuve su mano. Quizás lo hice porque sabía que de ese modo ella me retaría con sus ojos intensos. Pero sólo me miró. No había enfado, ni esa determinación férrea de mando que solía tener.
¿Qué estaba pasando? ¿Iba a conocer de pronto esa otra cara tan deseada de Nuit? No era lógico.
—¿Qué estamos haciendo? —me aventuré a preguntar, alentado por la cercanía que experimentábamos.
Ella tomó el cigarrillo con elegancia, sus manos me resultaban diestras en todo aquello que hiciera. Como antes al maquillarme de aquel modo tan sutil. Como al calzarme las prendas que ahora vestía.
—Te dije que haríamos algo especial —respondió, para luego aspirar el humo.
—¿En la cama? —pregunté, casi increpándola. Necesitaba recuperar algo de mi valentía, algo de mi fuerza.
Nuit libero el humo con calma.
—¿No es el lugar convencional? —interrogó, mostrando una leve sonrisa.
Bajé la mirada y reí con ironía.
—Nada es convencional entre tú y yo —me quejé, y noté lo extraño que me resultaba rebelarme a ella.
Me puse en pie.
—¿No es por eso por lo que vienes, una y otra vez? —continuó preguntando. Nunca me daba respuestas, sólo me encaraba con mis propios límites.
La miré, ella me extendía nuevamente la boquilla.
—Vengo por ti —declaré.
Nuit me observó atentamente, en silencio. Era tan difícil adivinar sus emociones con aquella máscara de por medio. Tiré de la mía, deseando despejar mi propio semblante.
—No lo hagas —dijo entonces, sosteniendo mi mano con la máscara. Sus ojos estaban tan cerca de los míos en ese momento. Quería decirle tantas cosas, quería ver a la Nuit que había bajo el disfraz, bajo la piel—. Póntela —me pidió.
—No.
Sabía que la estaba desobedeciendo ¿Estaba yo probando sus limites?
Me miró fijamente. Luego se separó de mí unos pasos, dándome la espalda.
—Entonces le pediré a alguien que te lleve de vuelta al club —sentenció.
Sus palabras fueron como si cientos de esquirlas heladas atravesaran mi piel.
—Nuit… —murmuré su nombre.
Ella se dio la vuelta.
—Las reglas son claras. Yo digo, tú obedeces —fumo un poco más, dándome esa pequeña pausa para pensar en su dictamen—. Si decides irte, tendrás que devolverme el anillo —oprimí la máscara, sostenida por la mano en la que se encontraba el anillo. Ella extendió la suya—. Ya no me pertenecerás.
En ese momento comprendí que la peor tortura que podía recibir, era no ser suyo. Bajé la mirada ¿Por qué? Me pregunté desesperado ¿De qué manera había llegado a esta dependencia? Dolía pensar en ello, pero dolía aún más no volver a verla. Sentía como temblaba todo mi cuerpo. Estar con Nuit era seguir un camino a ciegas, entrar en un túnel profundo, oscuro y silencioso del que no veías salida.
La miré. Lo adecuado, lo corriente, era escapar del peligro que eso suponía. Sin embargo yo sentía una atracción enfermiza por el enigma que Nuit significaba. Y el pequeño temblor de su mano extendida me invitaba a permanecer, más que a marchar. Ella también sentía miedo, yo lo sabía, de ese modo errante en que se sienten las cosas que no tiene nombre.
Llevé la máscara a mi rostro y la volví a fijar.
—Bien —sonó complacida—. Ven a fumar conmigo —me invitó, caminando hacia la cama.
La acompañé, notando la tensión en mi cuerpo. Me quedé de pie junto a ella, y ambos junto a la cama. Nuit fumó un poco más sin dejar de observarme, separando con sus dedos mis labios y poniéndose levemente en puntillas para liberar el humo a centímetros de mi boca.
Cerré los ojos, llenándome de lo que su boca expulsaba. No era sólo una nube con olor a tabaco envenenando mi sistema. No, era ella misma.
Nuit era un misterio que dolía, que excitaba y que lamentabas. Todo en ella estaba hecho para ser adorado, pero la adoración no es flexible. La adoración un día, inevitablemente, se quiebra. Y con el preludio de ese dolor oprimiéndome el pecho, decidí pertenecerle aún más.
—Puedes besarme —me dijo.
Sus palabras se filtraron en mis oídos sin que pudiese comprenderlas de inmediato. Cuando lo hice, un estruendo resonó en mi cabeza. Mi corazón corría desmesurado, extasiado. Sentía como me temblaban los labios mientras me iba acercando a su boca. La toqué tan suavemente que estaba convirtiendo a aquel beso en una absurda parodia de lo que había soñado. Quise atraerla hasta mi cuerpo, apretarla hasta que nos dolieran los huesos. Pero sólo me limité a tocar su cintura con mis dedos por miedo a que me lo negara. No lo hizo. Permaneció inmóvil, casi podría decir que no respiraba. Separé sus labios con los míos y humedecí su boca con mi lengua. Probé su labial y oprimí un poco más los dedos en su cintura. Noté la carne bajo la tela de su vestido blanco y cerré los ojos cuando mi sexo se llenó por completo. En ese momento supe que era completamente vulnerable a este hechizo llamado Nuit.
El beso se rompió cuando ella lo quiso. Un beso al que aparentemente no había respondido, pero su respiración se había inquietado. Era sólo un pequeño detalle, pero de ellos vivía mi amor.
Su mano tiró del pañuelo que aún colgaba de mi cuello. Lo deslizó suavemente y noté la tela vibrar, tenue, bajo ese movimiento. En ese instante, mi mente obnubilada por todos los deseos inconclusos sólo pensaba en ella.
Se alejó de mí con el blanco botín en su mano. Apagó el cigarrillo y dejó la boquilla sobre la mesa. Mis dedos jugaron con el botón de mi chaqué, dudando en si debía continuar con lo que Nuit parecía haber comenzado. Me miró y yo lo desabroché para empezar a quitármelo. Dentro de mí se mezclaban el deseo y la fatalidad. Un sentimiento unido al otro. Cada paso que daba en pro de saciar mi ansiedad, me llevaba más cerca de aquello que, seguramente, rompería mi fantasía.
Pero continué.
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Continuará…
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Esperamos que este capítulo les guste y que nos dejen sus hermosos y satisfactorios comentarios.

Archange~Anyara


1 comentario:

  1. Aquí él último capitulo del placer de lectura ...

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