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jueves, 28 de febrero de 2013

La sombra en el espejo - Capítulo XXI



Capítulo XXI
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“Mi adorado Bill…
Se me hace tan difícil escribir este día. Sé, soy completamente consciente de que para ti debo ser como una especie de grano de arena  en medio de una playa llena y duele, duele tontamente, pero lo hace. Intentar explicarte el amor que siento por ti, se ha convertido en algo triste. Tener la posibilidad, haber estado tan cerca y no poder, ha sido como clavar un cuchillo en mi pecho sin lograr extirparlo.
Escribo esta carta, porque quiero que tengas mis palabras tal y como ahora las siento. Mañana es el último día que tengo para evitarte aquella tristeza tan enorme con la que te conocí. Nunca pude decirte esto, porque no volví a verte, pero creo que te ame desde ese frío beso que nos dimos a través del espejo.”
Había releído la misma nota tantas veces. Casi no podía respirar de la emoción cuando me di cuenta que estaba escondida en medio de dos fotografías. Como único mensaje visible, en una de las caras del papel doblado, había un “Te amo” que quizás por una cuestión de ego, me atribuí.
Ahora la miraba. Seguía dormida, mantenía aquella calma que me desesperaba. Si no fuese por la escayola que le cubría la pierna izquierda por completo, no habría pensado jamás que estaba en un hospital.
Me puse en pie y me acerqué a ella.
—Tom dice que no debería estar tanto aquí —comencé a contarle, en tanto acercaba mis dedos a los suyos que descansaban sobre la cama—, pero no puedo dejarte…
La observé. Su cabello suelto sobre la almohada me hizo evocar a la princesa dormida de algún cuento de la infancia. La forma ovalada de su rostro, sus ojos cerrados, sus largas pestañas.
—Kissa…
Murmuré su nombre, esperando que me escuchara, que viniera hasta mí. Acaricié con  más intensidad su mano, deseando que despertara. La necesitaba tanto.
Suspiré, y volví a mirar la unión de nuestras manos.
—Cuando despiertes te llevaré a la playa, te hará bien el sol y el calor.
Quería convencerme de que podría llevármela conmigo. Casi podía evocar su imagen en mi mente, la veía sentada bajo una sombrilla, en una de esas playas a las que solía ir en Los Ángeles.
Acaricié con suavidad la cálida piel de su mejilla.
—Ven conmigo Kissa… mi preciosa Kissa… —le supliqué, notando el nudo que se formaba en mi pecho, ante la incertidumbre ¿Podría estar con ella alguna vez? ¿Podría verme?— ¿No me escuchas? ¿No me oyes llamándote? —le pregunté, angustiado.
Mi mano subió hasta su frente, al nacimiento de su cabello y acaricie con delicadeza las suaves hebras.
Y entonces sus labios llamaron mi atención, desee tocarlos con los míos sólo por un segundo, recrear la hermosa sensación de un beso. Los toqué con toda la delicadeza que me fue posible, sin saber en qué momento había comenzado a amarla de este modo. Cómo era posible que el pecho se me hiciera tan pequeño para todo lo que sentía por ella. Presioné ligeramente, sabiendo que no podría responderme, y entonces la oí gemir en voz baja. El corazón me dio un salto, y me separé de ella lo suficiente como para mirarla. Sus ojos, sus hermosos ojos grises comenzaban a abrirse, y ya no fui capaz de contener las lágrimas. Noté sus dedos moverse buscando los míos y de su boca salió mi nombre apenas murmurado.
—Bill…
—Shhh… tranquila… —le dije, acariciando con ímpetu los dedos que me buscaban, sin ser capaz de pensar en qué más hacer. Miraba como sus ojos se llenaban de lagrimas, en tanto ella intentaba sentarse, quejándose cuando el dolor de su cuerpo se hizo notar— voy por el médico…
Le avisé, ella sostuvo mi mano con más fuerza.
—Bill… —la misma fuerza que estaba recuperando su voz.
—Volveré de inmediato  — le dije, notando el corazón desbocado. Ella asintió.
Se me hizo eterno recorrer los pasillos en busca de la enfermera, del médico; de alguien que pudiera ver a Kissa. Y luego, los minutos en los que tuve que esperar fuera de la habitación. Ver llegar a su madre y estar con ella un tiempo tan largo, que los minutos en el reloj parecían horas. Hasta que llegó Tom.
—¿Despertó? —me preguntó sorprendido. Asentí — ¿Y cómo está?
—No lo sé, no me lo han dicho —me sentía nervioso, inquieto. Ella había dicho mi nombre, me recordaba.
—¿Cómo que no te han dicho nada? —lo miré, parecía indignado— Llevas aquí días enteros, eres al primero al que tendrían que decirle algo.
—Está su madre con ella —le expliqué.
—Su madre también sabe que llevas aquí días… y noches, claro —se calmó un poco— ¿Desde cuándo que no duermes una noche entera en casa?
Me encogí de hombros.
En ese momento vi a su madre salir de la habitación. Me miró y se acercó.
—¿Bill? —preguntó.
—Sí —respondí adelantándome hacía ella.
Llevábamos días encontrándonos sin hablar. Ella sabía que yo venía a ver a su hija, pero no me decía nada, estaba el tiempo que podía y se iba. Muchas veces me pregunté por su padre, pero no tenía a quién hacerle aquella pregunta.
—Kissa se encuentra estable, según lo que me ha dicho el médico —comenzó a explicarme, como si me debiera esa explicación. Yo la escuché con atención—,  tiene que estar aquí algunos días más antes de poder ir a casa y comenzar con la rehabilitación.
La rehabilitación. Era curioso, ni siquiera me había planteado aquello. Asentí, para que ella comprendiera que le estaba dando toda mi atención.
—Ella me ha pedido que te llame —me observó atentamente, como si hubiese algo que quería preguntar pero no lograba hacerlo—, ve… la enfermera tiene mi teléfono para lo que sea.
Me miró un poco más y luego se dio la vuelta, para irse.
—Gracias.
Le dije antes de que se alejara.
—No tienes que dármelas —sonrió—, tengo la sensación de que eres tú la razón de que mi hija volviera.
Noté el golpe que dio mi corazón contra el pecho cuando ella dijo aquello.
—Gracias —insistí. Comprendió que le agradecía aquellas palabras mucho más de lo que ese ‘gracias’ lograba decir.
—Ve —me empujó Tom hacia la puerta cuando ella se alejó.
Toqué dos veces y respiré. Era absurdo, pero me sentía como si fuese a verla por primera vez.
—Pase…
Escuché su voz. Miré a Tom junto a mí.
—Entra, yo te espero aquí —me dijo, apoyado en el umbral externo de la puerta. Asentí.
De ese modo entré en la habitación, cruzando el corto pasillo que había entre la puerta y la cama, notando como el corazón me latía vertiginoso, sintiéndome como un adolescente a punto de acercarse a la chica que le gusta.
La observé, estaba sentada en la cama, todo lo que su pierna escayolada le permitía sentarse. Me sonrió tímidamente, mientras se acomodaba el cabello con cierto disimulo.
—Hola —le dije.
¿Qué recordaría de mí? ¿Quién sería yo para ella? Tal vez Kissa se hacía las mismas preguntas.
—Hola —respondió con suavidad. Y le sonreí.
—¿Nunca te cansarás de asustarme? — le pregunté, animado y avanzando hacia ella.
—Tú no luces precisamente espectacular—rió ella.
—Ya sabes, el sillón es lo que tiene —indiqué el mueble tras de mí.
Kissa bajó la mirada a sus manos unidas. Estaba jugueteando con sus dedos nerviosamente.
—Me han dicho que llevas días quedándote aquí —dijo, sin dejar de mirarse las manos. En realidad evitaba mirarme a mí.
—Bueno… unos pocos —le quité importancia. En este momento no había nada más importante para mí, que verla hablar y sonreír. Verla viva.
Ambos reímos, y entonces me miró. Nos quedamos así largamente. Nos decíamos con la mirada tantas cosas. Yo le contaba de mis miedos, de la comprensión tan irreal que tenía de su existencia. Ella me hablaba de sus días sin mí, de la tristeza con la que había escrito aquella carta de la que yo jamás hablaría.
Me llevé la mano al pecho, y busqué el colgante. Kissa siguió atentamente mis movimientos.
—Toma —se lo extendí.
Pareció nerviosa, y sostuvo su cabello a un lado.
—Pónmelo…—me pidió.
Nunca sabré porque no la besé en ese momento. La tenía tan cerca, que me llené con el aroma limpio de su piel, conteniendo el aliento… controlando los temblores de mis manos al cerrar el broche de aquel colgante.
Volvimos a mirarnos. A contemplarnos.
.
—Con cuidado —le dije a Kissa, mientras le ayudaba a sentarse en la silla de ruedas.
—Si no sujetas la silla, vas a lograr que ella se caiga —reclamaba Tom, sosteniendo la silla.
—¿Y para qué estás tú entonces?—me quejé, soltando a Kissa cuando finalmente estuvo sentada.
—No se peleen —nos pidió. Noté como su mano se deslizaba por mis hombros al liberarse de la ayuda que yo le estaba dando.
Ella no sabía lo que me hacía sentir con cada gesto.
—No nos peleamos —dijo Tom, sonriéndole — ¿Verdad hermanito?
Si quería tanto a Tom ¿Por qué a veces me asaltaba este extraño instinto asesino?
—No Kissa, yo no peleo… él lo hace todo el tiempo —respondí mordaz.
Ella sonrió un poco más.
—¿Estás lista? —preguntó su madre desde la puerta.
Kissa me había explicado que su padre había muerto hacia un par de años. Que ella y su madre se habían quedado solas.
—Claro, estos chicos me miman mucho —puso sus manos, una en la de Tom y la otra en la mía.
—No sé de dónde has sacado amigos como estos, pero tienes que agradecerles mucho —le dijo su madre.
Kissa sólo sonrió. Sabía que no podíamos hablarle a nadie del modo en que nos habíamos conocido, pero de todas maneras me sentí ignorado.
—¡Kissa! —la voz de su amiga Annie entró en la habitación, como si esto fuese un estadio en lugar de un hospital— nos vamos a casa —mencionó lo evidente.
—No sé para qué, si me pasaré la mitad de mis días aquí —suspiró.
—Pero la otra mitad no… eso es lo bueno…
Al parecer Annie era optimismo a toda prueba.
De ese modo salimos del hospital. Tom se peleó conmigo el empujar de la silla de ruedas, y casi nos da un infarto a la madre de Kissa y a mí cuando corrió por el pasillo, frenando en seco al cruzar ante ellos una enfermera.
—¿Estás segura? —insistía en preguntar su madre, cuando Kissa le mencionó que se quedaría con Annie.
—Sí mamá, ya sabes que me queda más cerca del hospital —volvió a explicarle ella.
—Ya, pero ¿Cómo harás tus cosas en casa? Annie está fuera, y tú estarás sola — insistía.
—Tú también estás fuera casi todo el día…
—Me encargaré de dejarle las cosas fáciles —dijo Annie.
Pensé en intervenir, en decirles que ya me haría cargo yo de ella. Que podía hacer todo por ella.
—Yo podría ayudar —intervino Tom, adelantándose. Creo que no lo miré para fulminarlo porque no quería quitar la mirada de la carretera.
—Oh, no —dijo entonces la madre de Kissa—. Mucho han hecho con ofrecerse a traernos.
—Podemos… ¿Verdad Bill? —preguntó Tom. Me reí irónicamente, ahora sí que contaba conmigo.
—Puedo, claro que sí —quise dejar en claro que aquel era un ofrecimiento en el que sólo había sitio para mí.
Reparé entonces en lo egoísta que estaba siendo, pero no me retracté. Por un momento recordé ese día en que Georg había estado a punto de ver el espejo, y del egoísta silencio que mantuve. El modo en que quería que Kissa sólo fuese mía.
—¿Ves? —habló Tom, dirigiéndose a ella— Bill puede.
Y casi pude ver, a pesar de no estar mirándolo, como le guiñaba un ojo a Kissa.
Continuará…
Jjajajjajajaja… como siempre digo… los personajes se mandan solos. Ahora mismo ni siquiera sé que puede pasar, pero quiero darles a Kissa y a Bill la oportunidad de estar juntos, aunque al parecer ambos se lo están tomando con cierta calma ¿No?
Besitos y espero sus comentarios.
Siempre en amor.
Anyara

viernes, 15 de febrero de 2013

La sombra en el espejo - Capítulo XX




Capítulo XX
.
Tantos sentimientos. Tantas infinitas formas de amar. Tantos intentos por ser diferente. Tantas formas de decir te amo.
Tantas noches en las que tu nombre fue murmurado por mis labios.
Tantos gritos al aire. Tantos ensayos de olvidarte. Tantos fracasos. Tantos deseos de ti.
Me sentía sumergida en los sueños, algunos eran pasajes olvidados de mi vida. Mi madre recogiéndome el cabello antes de ir a la escuela. Mi padre, llevándome de la mano para que recorriéramos los caminos sin asfaltar, que había en los alrededores de Wohlesbostel, el pueblo en el que había nacido y vivido toda la vida. Soñé con Felipe, un gato que había tenido a los seis años. Lo veía todo tan claramente que me parecía estar de regreso en aquel tiempo. También vi a mi abuela, rememorando un paseo que dimos unos días antes de que muriera.
—¿Recuerdas como es que le llaman a estos caminos? —me preguntó, apoyada en su bastón, poco antes de llegar a casa. Los paseos con ella, ya no eran todo lo extensos que solían ser, pero aún así seguíamos dándolos.
—La ruta de los cuentos de hadas —dije, como ya había hecho muchas veces. Mi abuela parecía empeñada en que no lo olvidara.
—Sí —respiró profundamente, sabía que se agotaba por el esfuerzo — ¿Y por qué les llaman así? —continuó preguntando.
Apoyó su mano en el tronco de un árbol que había a la orilla del camino, sentándose en el banco que había bajo su cobijo.
—Por la ruta que hicieron los hermanos Grimm, mientras escribían sus cuentos —continué recitando.
—Sí… —aceptó mi respuesta y me indicó con su mano el sitio junto a ella.
—¿Abuela?
—¿Kissa? —dijo mi nombre, en el mismo tono de pregunta que usé yo. Le sonreí.
—¿Las historias de esos cuentos son reales? —quise saber, con toda la ensoñación que acompañaba a mis diez años.
—Se podría decir que sí —contestó.
—¿Se podría decir? —la observé con atención, podía ver las arrugas que marcaban su rostro aunque no estuviese haciendo ningún gesto. Los años simplemente van dejando su huella visible en las personas.
Ella me miró, y en sus ojos vi esa calma que sólo entrega la sabiduría. Mi abuela siempre fue alguien con quien me sentí segura.
—No sabemos lo que vivieron los hermanos Grimm en estos caminos… —indicó el sendero con el bastón.
—Pero… las brujas no existen ¿No? —pregunté con cierto temor.
Mi abuela sonrió.
—¿Y si yo te dijera que soy una?—me preguntó ella a mí.
Sonreí.
—No —negué con un gesto, sin dejar de mirarla—… no puedes ser bruja… tú eres buena…
—¿Y quién dijo que todas las brujas son malas? —insistió.
Me quedé mirándola fijamente, intentando descifrar la pequeña trampa en sus palabras.
—¡Tú no eres bruja!—me enfadé, arrugando el ceño. Mi abuela rió—no tienes verruga en la nariz —indiqué mi nariz con el dedo.
—Tampoco tengo caldero humeante —se rió mi abuela, echándose a toser a continuación.
Yo le di unos golpecitos en la espalda, que era lo que veía que hacia todo el mundo cuando alguien tosía. Esperaba a que el pequeño ataque que estaba teniendo remitiera.
Suspiró y volvió a mirarme a intervalos, secando sus ojos con un pañuelo de tela.
—Ya… se ha pasado —su mano acarició mi cabello.
Asentí. Entonces no me di cuenta de lo fuertes que estaban siendo sus ataques de tos, ni reparé en la razón de ellos.
—Mi cabello era igual que el tuyo… —mencionó.
—¿Tan desordenado?— le pregunté. Sonrió.
—También, pero me refiero al color.
—Ahh…
Tomé una punta de mi cabello y observé el color.
—¿Sabes qué representa esto? —me habló y la miré. Entre sus dedos sostenía un colgante que le había visto siempre. Negué con un gesto — Esta mano sostiene una lágrima, contiene la tristeza.
—Ahh… —dije, sin comprender demasiado. Ella volvió a sonreír, llevando ambas manos al cierre del colgante para quitárselo.
—Perteneció a mi abuela —continuó explicándome.
—¡Como el espejo! —dije emocionada, mirando la mano que colgaba de mi pecho.
—Como el espejo —confirmó ella—. Ahora es tuyo.
—¿Por qué soy tu nieta? —la miré. Ella acarició mi mejilla.
—Porque era mi nieta…—asintió.
Miré el colgante y me perdí en el brillo de la lágrima que sostenía. Parecía tan clara y hermosa. Cuando alcé la vista, había dejado de tener diez años y ya no estaba con mi abuela. Me encontraba en mi habitación en casa de mis padres, hacia poco que se había marchado Adrian. Habíamos estado juntos, lo más juntos que podían estar dos personas. Habíamos hecho el amor. Aún lo sentía en mi piel y era una sensación extraña. Por alguna razón pensaba que debía sentirse mucho más especial ¿No era acaso este tipo de relación la culminación de un amor? ¿No era la cima? Entonces porque me sentía tan corriente, como si nada especial hubiese sucedido. Sabía que cuando hablara con Annie y se lo contara, pondría en mis palabras todo el amor que sentía por él, pero sabía también que no me sentía especial.
“Le he dicho a la enfermera que somos novios…”
Escuché un susurro. Un murmullo tan secreto, que casi me pareció un pensamiento.
Miré alrededor para comprobar lo que ya sabía. Estaba sola.
Me recosté sobre mi cama y cerré los ojos. Dormiría y soñaría de esa manera con el amor, pensaría en el modo en que debe sentirse y vivirse. Sin darme cuenta quizás, rearmaría mi propia historia de amor para que fuese ideal.
“Tienes que despertar… tienes que dejar que te de ese abrazo”
Oí nuevamente el murmullo, pero me sentía tan cansada y adolorida que ni siquiera pensé en abrir los ojos. Ya despertaría, por la mañana lo haría cuando el sol estuviese en lo alto.
Comencé entonces a recordar las sirenas de lo que parecía una ambulancia. A tras luz, a través de los parpados cerrados, podía notar el movimiento de las luces. Las voces a mi alrededor hablaban entre sí con cierta premura.
¿Qué pasaba?
Me quise mover y el dolor tan intenso, me detuvo ¿Qué me dolía? No podía distinguir la raíz del dolor. El cuello, la pierna, el costado… la cabeza. Recordé la luz de aquel otro coche. El ruido estruendoso de la carrocería cediendo contra mi costado… su nombre.
“Tiene el fémur fracturado, hay que sedarla”
Y el sopor.
Me sumergí nuevamente en los recuerdos. Lejanos pasajes de mi vida que venían a visitarme en sueños.
—¿No quieres llevarte el espejo de tu abuela?—me había preguntado mi padre, el día que habíamos vuelto a casa para recoger nuestra cosas.
Sentí una enorme presión en el pecho.
—No, es demasiado grande para la habitación que tendré —respondí, sin levantar la mirada, sabiendo que no podía llevarlo conmigo.
De ese momento en particular salté a otro, varios  años antes.
Paseaba por el bosque alrededor de casa, y escuché a unos extraños removiendo la maleza al caminar. Me escondí tras un árbol y los observé de cerca. Ambos eran rubios, uno de ellos tenía el cabello un poco más largo, parecían hermanos. Discutían y se decían cosas divertidas, uno me resultaba más dulce que el otro. Comencé a seguirlos esperando ser lo suficientemente sigilosa como para que no me viesen.
Uno llevaba una rama en su mano, y la agitaba en medio de las hojas secas que había en el suelo. Quizás podría jugar con ellos ¿No? Vivirían por aquí. La única casa que teníamos más cerca, era la de Frederick y Sarah ¿Serían parientes suyos?
Me había detenido tras un árbol, y al notar que se aproximaban el corazón se me agitó.
Recordé a mi madre, recomendándome siempre el no acercarme a extraños. Quería mirarlos de frente, quería ver los ojos del dulce chico.
Pero no lo hice. Simplemente me eché a correr, escuchándolos seguirme al cabo de un instante. Me escondí tras un tronco y los miré, riéndome con aquella pequeña aventura que estaba teniendo. Escapé nuevamente en cuanto se acercaron.
Me sentía eufórica, abriéndome paso a través de los árboles y la maleza.
“Kissa…”
Escuché mi nombre, susurrado por una voz que reconocía. Detuve la carrera y miré hacia atrás, esperando encontrarme con el dueño de esa voz, pero estaba sola. El bosque se había convertido en un silencioso y frío lugar.
Percibí un suave roce en mi mano izquierda y la alcé, mirándome atentamente. Ya no eran las manos de una niña.
“Cuando despiertes, te llevaré a la playa…”—continuaba escuchando su voz—“te hará bien el sol, el calor…”
Sabía quién era, lo sabía aunque no podía recordarlo. Era como uno de esos recuerdos difusos en tu mente, lejanos… extraños. De esos que hay que buscar largamente.
Y la caricia que antes sintiera en mi mano, ahora tocaba con delicadeza mi mejilla. Cerré los ojos ante la sutileza desconocida, pero añorada de aquella caricia. Me recreé en ella. La disfrute milímetro a milímetro. La memoricé, como si fuese capaz de retardar el tiempo. La caricia me abandonó, mientras mis propias manos purgaban por sostener aquella que me acariciaba.
“Ven conmigo Kissa… mi preciosa Kissa”
Así debía de sentirse el amor ¿Verdad? tiene que tocar el alma, aunque no toque el cuerpo.
Abrí los ojos.
—¿Dónde estás? —le pregunté al poseedor de aquella voz que me llamaba.
Me encontré en medio de un largo pasillo blanco, parecía un hospital. Comencé a caminar, al principio con cierto temor, notando en mi interior una fuerza que me guiaba. Más adelante, más rápido. Caminé cada vez más y más deprisa hasta que ya corría por aquel pasillo, esquivando a las personas alrededor que parecían no prestarme atención.
Me detuve frente a una puerta, cuando volví a escuchar su voz. Esa voz que me embriagaba de tantas formas diferentes, como si se tratara de un arcoíris de colores, matizando mis días.
“¿No me escuchas? ¿No me oyes llamándote?”
—Si te escucho… —murmuré casi sin voz.
Lo vi de espaldas a mí, junto a una cama de hospital. Me sentí débil cuando el roce de sus dedos tocaron sin tocar mi frente y mi cabello. Entonces comprendí que era yo la que estaba en esa cama. Me veía ahí recostada, inmóvil y a él acariciando mi cabello con la suavidad que sólo puede entregar un sentimiento.
Comencé a temblar, cada célula de mi cuerpo lo hizo cuando lo vi inclinarse lentamente sobre ese cuerpo inerte, que era el mío. Me llevé los dedos a los labios, al sentí el tacto tenue de su boca, deseando con tanta fuerza responderle.
De improviso, aspiré el aire profundamente y mi cuerpo, o al menos este estado en el que me encontraba, pareció morir y vivir a la vez. Dos gruesas lágrimas cayeron por mi sien, cuando percibí el toque firme y real de su boca en la mía. Gemí suavemente, reconociendo mi propia voz estrangulada por la falta de uso. Él se retiró unos centímetros, mirando mis ojos, que inundados lo observaban.
—Oh… Kissa… —susurró y sus propios ojos se llenaron de lagrimas.
Sus hermosos ojos, que por fin veía.
Mis dedos buscaron sobre la cama los suyos, aferrándose a ellos con toda la fuerza que me fue posible.
—Bill…
Ahí estaba las cuatro letras que formaban para mí, la palabra más completa y absoluta.
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“Porque el amor, mientras la vida nos acosa, es simplemente una ola alta sobre las olas, pero ay cuando la muerte viene a tocar a la puerta hay sólo tu mirada para tanto vacío, sólo tu claridad para no seguir siendo, sólo tu amor para cerrar la sombra.”
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Continuará…
Ainsss… Se me llenaron los ojitos de lágrimas. Sé que no es un capítulo largo, largo, pero tenía que dejarlo ahí, ya saben… el dichoso muajajajajja…
Espero que les haya gustado, sé que esta historia tiene un poco del más acá y del más allá, pero quizás por lo mismo, es más real aún ¿No?
Besitos y espero con ansia sus comentarios.
Siempre en amor.
Anyara

viernes, 25 de enero de 2013

La sombra en el espejo - Capítulo XIX



Capítulo XIX
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La vida es tan frágil, tan absolutamente delicada que abruma sólo pensarlo. Tan frágil como las gotas de lluvia que chocan contra el cristal y se destrozan, rompiéndose en pequeñas gotas que se disuelven.
La lluvia cae y golpea contra el cristal tras de mí. El sonido agitado de las gotas, contrasta con el acompasado sonido de la maquina que registra los latidos del corazón de Kissa. Suenan tranquilos y armónicos. La observó ahí recostada. Veo como su pecho sube y baja con suavidad, sin sobresalto. Parece casi imposible pensar en que no está simplemente dormida, aunque lo esté en realidad.
Los médicos no comprenden la razón de su estado, dicen que hay que esperar. Así que eso hago yo... esperar.
—Deberíamos ir a casa —murmuró Tom, entrando en la habitación.
—Ve tú —le dije, sin dejar de mirar a Kissa. Tom la observó también.
—Parece tranquila —reflexionó.
—Sí —la palabra salió de mi boca con resignación.
En mi mente jugaba la imagen de la Kissa que vi aquella primera vez, a través del espejo, tan fresca y risueña. Su imagen se mezclaba con la tristeza que le vi al perder a su novio, para luego estrellarse contra la Kissa que me había detenido en la calle días atrás.
Alcé la mirada y observé a Tom, él me miró a su vez. Le debía tanto a Kissa, tanto.
—Ve a casa —le dije—, yo me quedaré.
Tom rió con cierta ironía.
—¿No has pensado que ella tendrá familia? —me preguntó.
Dicho esto la puerta se abrió, como si sus palabras hubiesen sido premonitorias.
Una mujer nos observó desde la entrada. No estaba seguro, pero podía presumir que se trataba de su madre.
—Hola —saludo la mujer con cierto recelo. Me puse de pie de inmediato, sintiendo esa extraña necesidad de agradarle.
—Hola —le respondí. Tom me imitó.
—¿Ustedes son? —preguntó. Entró en la habitación, acercándose a la cama de Kissa y la observó atentamente.
—Unos conocidos de Kissa —dije.
—Sí —apoyó mi hermano.
La mujer le acarició el cabello a Kissa y luego nos miró atentamente, parecía desconfiada. No podía culparla.
—A ti te he visto —me miró. Sentí un fuerte nudo en el estómago.
—Ah ¿sí? —pregunté.
Volvió a mirar a Kissa.
—Ya nos íbamos —dijo Tom. La mujer asintió.
Mi hermano comenzó a avanzar hacia la puerta, pero yo no me quería ir. Recorrí el corto espacio entre Kissa y yo. La observé detenidamente. Su rostro aún mantenía las facciones que recordaba, pero reconocía los cambios. Se había hecho más adulta y femenina. Sus labios estaban cerrados y tan perfectos como los recordaba. Sus pestañas claras, descansando al inicio de los pómulos. Sólo me faltaba ver el gris profundo de sus ojos.
—Bill —habló Tom. Lo miré algo extraviado, no me había dado cuenta de lo abstraído que me había quedado en Kissa—, vamos.
Asentí con un gesto. Luego miré a la mujer que tenía sus ojos puestos en mí.
—Usted es su madre ¿no? —quise asegurarme.
—Sí.
Tomé aire antes de volver a hablar.
—¿Me permitiría visitar a Kissa mañana? —el corazón se me desbocaba sólo por saber si podría seguir viéndola. La mujer no me conocía, bien podía prohibirme el paso. Bastante nos había costado que el médico nos entregara información, ya que no éramos familiares.
Cuando noté que asentía, suspiré.
—Gracias —le dije, descansando.
Volví a mirar a Kissa, quería tocar su mano… su frente. Acomodar el rizo de su cabello que ahora estaba sobre su hombro, pero me contuve. Caminé hacia la puerta, siguiendo a Tom.
Esa noche en casa, no podía dormir. La imagen de Kissa en la cama, sola en aquel hospital, me perseguía cada vez que cerraba los ojos. Así que hice lo único que podía hacer. Levantarme e ir al hospital.
Todos se habían acostado, incluso Tom lo había hecho hacia más de una hora. Conociendo sus hábitos, se habría dormido cinco minutos después de poner la cabeza en la almohada. De todas maneras pase con sigilo por delante de su puerta, bastante preocupado lo había tenido los últimos días. Le dejé una nota en la cocina, que sería el primer lugar en el que me buscaría cuando no me encontrara en la habitación. Luego salí.
Las calles de Hamburgo estaban frías y bastante despejadas. Tragué fuertemente, cuando tuve que pasar por el cruce en el que había sufrido el accidente Kissa. Arrugué el ceño cuando mi mente hizo hincapié en la razón de éste. Yo.
Respiré profundamente y me llevé la mano al colgante que llevaba al cuello, acariciándolo suavemente. Era como tenerla conmigo.
El trayecto me resultó corto y expedito, no podía ser de otra manera a las tres de la madrugada. Crucé los pasillos casi deshabitados y llegué a la habitación. Cuando toqué la manilla, una voz me detuvo.
—¿Es usted familiar? —me preguntó una enfermera.
—No… soy un amigo —le aclaré.
—Este no es horario de visitas —me explicó—, sólo los familiares pueden quedarse por la noche.
Cerré la mano en un puño, frustrado. Miré al piso y luego volví a enfocarme en la enfermera.
—¿Hay alguien con ella? —pregunté, comenzando a barajar una posibilidad.
—No, su madre se retiró muy tarde —me explicó.
—Claro, verá —hice una pausa, ella alzó ligeramente las cejas, prestando atención a mis palabras—… en realidad… soy su novio.
—¿Su novio? —repitió mis palabras con un tono cantarín, que no pude omitir. No me creía— ¿Y cómo es que no te había visto antes?
—Sí —piensa Bill—, lo que sucede… es… que…
—No llegaron a contárselo a su madre ¿verdad? —preguntó ella.
La miré comprendiendo la ayuda que me estaba brindando.
—Sí —acepté.
—Bueno, en ese caso te dejaré quedarte —vaya, me estaba tuteando ya.
—Gracias —le sonreí.
La enfermera me miró fijamente, y rogué a lo más alto que no me reconociera.
Cuando entré en la habitación, todo estaba del mismo modo que lo había dejado horas atrás. Kissa continuaba recostada y dormida. A medida que me acercaba, noté como su cabello parecía haber sido peinado, ya que ahora estaba acomodado hacía un lado de la almohada. Acerqué los dedos y lo toqué suavemente. Con cuidado, como si temiera despertarla. Era curioso, porque lo que más deseaba era que despertara.
—Kissa —murmuré su nombre con todo el afecto que tenía para ella. Solapado por la baja luz de la habitación y la soledad.
Mis dedos se atrevieron a viajar hasta su mejilla, temblando antes de llegar a tocarla, con el corazón disparado y la respiración agitada. Tuve que entreabrir los labios, para tomar el aire que estaba necesitando.
—Kissa —volví a murmurar, con las lágrimas picándome en los ojos y con el recuerdo de sus hermosos ojos grises mirando el espejo.
Mis dedos tocaron su mejilla y una lágrima se me escapó, siendo acompañada por otra y otra más. El tacto era tan suave como lo había imaginado, y la tibieza de su piel me hizo suspirar de alivio. A través de ella, aún había vida.
—Tienes que despertar ¿Sabes? —comencé a hablarle mientras me secaba los ojos, arrojando las lagrimas lejos de ellos. Suspiré buscando infundirme ánimo— Sacaremos un disco este año —seguí hablando con ella, esperando a que me escuchara en el lugar en el que se encontrara, en medio de este sueño que la atrapaba—. Quiero que estés conmigo en la gira, con Tom y conmigo —sonreí—. Sí, Tom está bien.
Me silencié, mirándola atentamente. Nada parecía cambiar, seguía exactamente igual. Miré el monitor. Su corazón latía tranquilo, pero al parecer tan lejano de mí.
—Le dije a la enfermera que éramos novios —le conté y me reí, mientras mis dedos enlazaban los suyos con suavidad. Miré sus manos. Sus dedos eran delgados, de uñas muy cortas y extremadamente limpias. No debía de extrañarme, estábamos en un hospital—. Cuando despiertes, no debes dejarme de mentiroso.
Volví a reír, esta vez sin ganas. Mis dedos jugaron con los suyos, enlazándolos. No me daría por vencido con ella, no podía hacerlo. Kissa no me había abandonado.
A mi mente vinieron los recuerdos claros y detallados de nuestro extraño tiempo juntos. Nunca podría explicar lo que había sucedido pero ella seguía aquí, sabía que seguía a mi lado. Todo lo sucedido me llevaba a pensar que tal vez siempre la esperé.
—Tienes que despertar —le dije, mirando el enlace parcial de nuestras manos—. Tienes que dejar que te dé ese abrazo.
.
El sol me molestó en los ojos, y cuando quise moverme noté el dolor en diferentes partes del cuerpo. Abrí los ojos observando el lugar, recordando que me encontraba en el hospital. Miré la hora en mi reloj, mientras intentaba que mi espalda volviera a tener la forma recta que debía tener.
Las diez cuarenta.
—Buenos días —entró la misma enfermera que me había encontrado durante la noche. Traía consigo una serie de objetos de higiene personal.
—Buenos días —repetí, con las manos en la cintura estirando la espalda.
—Tendrás que esperar fuera —comenzó a explicarme—. No sé si te quedarás, o si quieres ir a desayunar pero tenemos que atender a la paciente.
—¿Qué le van a hacer? —pregunté con algo de recelo.
La mujer me miró, al principio pensé que me regañaría, pero luego su rostro se aligeró.
—Tenemos que asearla y prepararla para pasar el día —me explicó con amabilidad.
Comprendí entonces otra parte más de su estado. No sólo estaba dormida, en una especie de estado de coma decían los médicos. Estaba imposibilitada para todo.
Entenderlo, a pesar de lo obvio que era, me impresionó.
—Voy por un café —acepté la sugerencia de la enfermera, caminando hacia la puerta.
—Bien —aceptó rodeando la cama—. Espera —me detuvo—, su madre estuvo aquí y me ha dejado algo para ti —dijo, buscando en la mesa de noche que había junto a la cama.
—¿Su madre? —pregunté.
—Sí —extendió hacia mí un paquete envuelto en papel corriente y amarrado con una cuerda—, ella suele pasar por la mañana antes de irse a trabajar —me explico.
Asentí.
—Gracias —le dije, caminando nuevamente hacía la puerta.
—En unos quince minutos estará lista —la escuché decir.
Me fui con el paquete hasta la cafetería. Cuando estuve en una mesa que se encontraba en un rincón, y con mi café ya servido, comencé a abrirlo.
Al ir desenvolviendo aquello, vi que se trataba de un álbum de fotos acompañado con una nota.
“Esto lo conserva mi hija hace muchos años. Sabía que me sonaba tu rostro”
Dejé la nota a un lado y abrí la primera cara del álbum. El pecho se me contrajo cuando me encontré con mis propios ojos, observándome.
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“No te amo como si fueras rosa de sal, topacio o flecha de claveles que propagan el fuego: te amo como se aman ciertas cosas oscuras, secretamente, entre la sombra y el alma.”
Pablo Neruda
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Continuará…
Ainsss… bueno, no podemos despertar tan pronto a Kissa, creo que ahora le toca a Bill esperarla.
Me gustaría decir que cuando Bill habla de perfección, es lo que él ve en su ser amado. Esa es una gran diferencia entre el amor y el enamoramiento. Uno se puede enamorar de algo bello, pero ama la belleza que descubre.
Muchas gracias por leer.
Besitos.
Siempre en amor.
Anyara

viernes, 4 de enero de 2013

La sombra en el espejo - Capítulo XVIII



Capítulo XVIII
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Iba guardando dentro de mi bolso una serie de objetos. Mi teléfono móvil, las llaves de casa, pañuelos de papel… la libreta con las direcciones posibles para visitar este día. Todo iba cayendo al interior a toda velocidad, pero me detuve cuando vi el álbum. Era uno que contenía mucho de mi pasado y de mi presente. Lo tomé como si se tratara de un delicado cristal que no quería que se rompiera. Lo abrí al azar, así como llevaba haciendo durante tanto tiempo. Me encontré con sus ojos castaños, iluminados por una sonrisa que era tan suya y a la vez tan imposible en el Bill que conocí.
Acaricié su mejilla plana en la fotografía, imaginando lo que debía de ser tocarlo y sentir en las yemas de los dedos el tacto de su piel. Quizás él nunca comprendería lo mucho que había llegado a amarlo en estos años. La forma en que mi corazón se paralizaba, con cada nueva noticia que escuchaba sobre él. Y el deseo infinito que tenía de abrazarlo.
Acaricié también su labio en la imagen, recreando en mi mente su tacto contra los míos. Una  ensoñación que llevaba tanto tiempo acompañándome. Recordé entonces la primera vez que lo vi en mi presente, no en aquel reflejo de su futuro que me mostraba el espejo, cuando lo vi con los dieciséis años que tenía en mi realidad. Lo busqué tanto… quería saber cómo era entonces. Y lo encontré en una página de internet en la foto de una revista, con su chaqueta blanca y su cabello oscuro. Los ojos maquillados, las uñas pintadas y una seguridad que no llegué a conocerle. Parecía tan diferente al chico que me encontré al otro lado del espejo. Rubio, demacrado hasta la enfermedad y tan dolido como me sentía yo por entonces.
Habían pasado ya siete años desde aquello, los mismos siete años que él había mencionado.
Me senté en la cama, olvidándome de toda mi prisa. Cerré el álbum y volví a abrirlo al azar, encontrándome con una fotografía más reciente. El corazón me dio un salto y creo que hasta la presión sanguínea me subió de golpe al verlo. Era un hombre ya, tan hombre como yo mujer. Y si años atrás sólo me inspiraba una enorme ternura, ahora esa ternura se mezclaba con algo más, y me temblaban hasta las manos.
Respiré profundamente, sabía que no podía pensar en ello ahora. Sólo me quedaban tres días para evitar que la sonrisa que le había visto todos estos años se apagara, convirtiéndolo en el fantasma que vi al otro lado del espejo. No, no podía permitir que eso le sucediese a Bill.
Cerré el álbum, y lo metí en mi bolso. Hoy tampoco iría a trabajar. Sabía que arriesgaba mi empleo con ello, pero era un costo asumible después de todo.
—¡Vamos! —me gritó Annie desde la puerta.
—Ya voy.
Me miré en el espejo por última vez, acomodando mi cabello algo menos rebelde. Si hoy era el día en que pudiera acercarme lo suficiente a él, al menos quería que me viese aceptable. Se me formó un nudo en el estómago que pesaba como una piedra.
No es momento Kissa, no es momento. Era la cantinela que se repetía en mi mente.
Tomé el bolso que estaba sobre mi cama, y salí del departamento que compartía con Annie. Iba en busca de Bill.
Llevaba prácticamente desde navidad buscándolo. No era fácil acercarse a él, siempre había alguien cerca. Siempre caminaba con prisa o subía a algún vehículo. Las pocas veces que lo tuve a alcance flaqueé, pensando en la imposibilidad de que me creyera. Y ahora mismo sabía que no tenía muchas más opciones.
—¿Qué te pasa a ti? —me preguntó Annie, sentada en el asiento del acompañante.
—Nada —dije, mirándola fugazmente.
—Hmm —no me creía, era obvio—. Te conozco hace demasiado.
Lo sabía, me conocía muy bien porque llevaba tanto tiempo conmigo, que ya no recordaba el tiempo sin ella. A pesar de ello, no le había contado jamás lo de Bill. Annie creía que coleccionaba sus fotografías, su música y seguía cada paso que daba sólo por afición. Como haría cualquier fan rematadamente loca por su artista. No, nunca había intentado siquiera mencionárselo. Al principio por temor a que me tachara de loca, y luego… creo que luego fue simplemente por egoísmo, por no compartirlo. De ese modo lo mantenía sólo mío, al menos en recuerdo.
¿Cuándo había dejado de sufrir por Adrian? No lo sé. Sólo sé que Bill me sostuvo. Él, su música, su amor por la vida… su apasionamiento. É me había dado la mano sin saberlo.
—¿No me lo dirás? —volvió a insistir Annie. Le sonreí.
—No me pasa nada.
Quizás algún día se lo contaría, cuando ella ya tuviese hijos, o quizás nietos. Cuando yo viera a Bill feliz y con una vida hermosa. Necesitaba por todos los medios evitarle el dolor que le había visto vivir. Él no se merecía ese dolor.
—Ya me enteraré, dame tiempo —me amenazó mi amiga, y luego de un pequeño silencio ambas reímos.
Varias horas más tarde, luego de esperar a Bill oculta frente a la casa de su madre, lo seguí a él y a su hermano desde una distancia prudente. Esperaba que no se escucharan los latidos de mi corazón tal como los oía yo, o me descubrirían muy pronto.
Caminaban tranquilos y reían. Bill recibió un empujón por parte de Tom, que desde luego le fue devuelto con un intento de punta pie. Todo parecía en calma, aunque no dejaban de mirar en todas direcciones. Al parecer yo estaba siendo discreta ya que no habían reparado en mí, a pesar de que Bill miró hacia el sitio por el que yo caminaba más de una vez. Lo cierto es que no sabía si sentirme defraudada por ello. Él no me veía.
De pronto se detuvieron. Bill sacó algo de su bolsillo, ambos deliberaban, y entonces Tom hizo un gesto y avanzó hacia una tienda a unos pasos de Bill. Él observó alrededor, y comenzó a fumarse un cigarrillo.
La oportunidad estaba ahí, y yo casi no podía respirar pensando en acercarme a él.
¿Cuánto tiempo había esperado esto?
Sí, lo sabía. Siete años.
Entonces vino a mi mente la imagen del Bill que conocí, sus ojos tristes, su rostro desmejorado y el rubio de su cabello, apagado. Esa misma imagen tan triste y dolorosa, fue la que me empujo a dar ese primer paso. Crucé la calle hacia él.
—¿Bill? —murmuré su nombre casi sin voz. Tenía tantas emociones contenidas en mi interior que me sentía a punto de explotar.
Me miró.
—Sí —sonrió, comenzando a mirar a su alrededor. Ya suponía que algo así podía suceder, con todo lo que le había tocado pasar con fans de todo tipo. Aún así no parecía una persona desconfiada, quizás cautelosa, y tal vez eso me emocionó más aún.
Podía notar como mis ojos se condensaban, era incapaz de dejar de mirarlo. Cerré la mano en un puño por miedo a alzarla para tocarlo. Era él, el mismo chico que me había consolado cuando más lo había necesitado. El que había impedido que abandonara la vida por cobardía, aunque nunca escuché de su boca un reproche, sólo comprensión. Bill, mi razón de ser.
—Soy Kissa —le mencioné, indicándome a mí misma. Sabía lo imposible que era que me conociera, pero necesitaba decirle mi nombre.
—Oh… hola Kissa —continuó sonriendo. Me quedé por un instante hechizada con la forma en que sus labios se marcaban en una sonrisa. Quería llorar únicamente con verlo sonreír.
Perfile su rostro con mi mirada, reconociendo sus detalles.
—¿Quieres que te firme algo? —me preguntó entonces, y comprendí la imagen que estaba dando. Me reí nerviosa y miré al suelo.
—Oh no, no —tenía que centrarme.
—Bueno, entonces no sé cómo puedo ayudarte —dijo con cierta inquietud, producida seguramente por mi extraña actitud.
Lo miré nuevamente. Tenía que hablar.
—Cuando tenías ocho años le escribiste una carta a una niña que se llamaba Lilith. Ella tenía once —le hablé, mencionando todo tal como él me lo había contado. Esperaba que aquel secreto lo ayudara a confiar en mí.
Me miró serio, la sonrisa de su rostro se había borrado.
—¿Cómo sabes tú eso?—preguntó molesto. Lo cierto es que nunca pensé en que no me creyese.
—Me lo contaste tú —quise explicarle, pero en cuanto lo dije supe que no serviría.
Me miró fijamente, pero aquella mirada distaba mucho de la que yo me había imaginado en sueños, durante años.
—Mira, tengo prisa —habló con decisión, dándose la vuelta para alejarse de mí. El pánico me hizo tomar su mano, y ya no sabría explicar el modo en que mi corazón latía o si lo seguía haciendo.
—Bill, escúchame por favor —le pedí. Miró mi mano, para luego mirarme a los ojos. Buscaba explicaciones en ellos.
—¿Qué? —preguntó, tirando de su mano. Deseaba liberarse de mí. Lo solté.
¿Cómo podía decirle lo que iba a suceder? ¿Cómo podía disfrazar algo así?
No, no podía.
—Dentro de tres días —comencé del único modo que tenía de advertirle— Tom sufrirá un accidente —sus ojos se abrieron, mostrándome su espanto.
—¡¿Qué?! —me increpó. En su gesto, en sus ojos, se podía leer claramente el desprecio. Y dolía.
—Y morirá —terminé, sabiendo que ahora mismo me estaba condenando ante él. Pero si eso servía para evitar la muerte de Tom y con ello evitar el dolor de Bill, valía la pena.
—¡Estás loca ¿eh?!  ¡Será mejor que te vea un médico! —me dio la espalda. Estaba furioso pero yo necesitaba que me creyera, que evitara el accidente.
—¡Bill, por favor! —lo seguí.
—¡Lárgate! —alzó la mano, y se me heló la sangre.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, y en mi mente se repetía su lamento.
“Tom solía cuidar de mí… pero yo también lo hacía, también cuidaba de él…éramos un complemento perfecto…”
—Bill —murmuré su nombre. Él bajo el puño y me abandonó ahí.
Sabía que no iba a lograr que me creyera, pero también sabía que no permitiría que sufriera como lo había hecho.
Esa noche lloré mucho, y la siguiente. Antes de dormirme, la víspera del accidente, le escribí una carta que guardé entre las fotografías que había en el álbum que tenía con sus fotos.
“Te amo Bill”
Decía a un lado del papel doblado.
El día del accidente, me mantuve desde muy temprano fuera de la casa de su madre. Esperaba una señal, algo que me indicara que tenía que arrancar el coche e impedir ese accidente, aunque fuese a fuerza de interponerme entre ambos coches. Pero nada sucedió. Nadie salió de esa casa ese día. Al menos no mientras yo estuve ahí.
Comencé a conducir cuando la noche avanzó, y ya no había personas en la calle. Me sentía medio congelada. Quizás Bill había decidido después de todo, tomar precauciones frente a la premonición absurda de una loca que se le cruzó en la calle. Tal vez debería venir mañana también y asegurarme.
La fuerte luz de un coche me iluminó por completo el rostro, encandilándome. Cerré los ojos y escuché un golpe, luego es coche fue arrastrado varios metros. Mi mente vagó, pasando por muchas imágenes. No sé si mi voz logró emitir algún sonido, pero lo último que recuerdo son las cuatro letras que forman su nombre.
Bill.
Continuará…
Ainsss… sé que parece un poco cruel, pero al menos en el universo de mi cabecita, no se puede borrar un hecho, sin que otro lo reemplace ¿No?
Esperemos a ver qué pasa con el siguiente capítulo.
Muchas gracias por leer.
Siempre en amor.
Anyara

La sombra en el espejo - Capítulo XVII




Capítulo XVII
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—Borra a ese —le dije a Tom, que tenía la lista con todos los teléfonos de personas apellidadas Meier, que vivían en Hamburgo y los alrededores.
Él suspiró.
—¿Sabes cuántas personas hay en esta lista?—preguntó.
—No. Dame el siguiente —le pedí, refiriéndome al siguiente número.
Tom y yo, llevábamos varias horas intentando encontrar a Kissa. La habíamos buscado por su nombre pero no aparecía en el registro.
—Sabes que tendremos que volver a Los Ángeles ¿No? —su pregunta fue cautelosa. Tom sabía que ahora mismo estaba empecinado con Kissa, y aunque él estaba un poco más convencido de su existencia, presentía su temor a que ella no supiera ni de qué le hablaba.
—Puedes adelantarte —me encogí de hombros—. El número —repetí.
—¿Qué? ¿Y dejarte aquí sólo? ¿Buscando a saber qué? —no podía ser más claro. Aún no confiaba en mi juicio.
Tomé el listado de sus manos y comencé a marcar.
—No voy a discutir Tom, entiendo que no me creas —dije, llevándome el teléfono al oído.
—No es que no te crea… bueno sí es… bueno…
—¿Sí? ¿Casa de los Meier? —pregunté cuando la voz de una mujer sonó al otro lado de la línea.
No podía evitarlo, cada vez que alguien contestaba yo alertaba los sentidos para intentar reconocer a Kissa. La mujer me confirmo que era la casa de los Meier, pero dada las circunstancias había muchas “casa de los Meier”.
—Verá, estoy intentando encontrar a Kissa Meier —el nombre salió de mi boca con total normalidad. Sólo yo sabía el modo en que mis labios acariciaban ese nombre—. Comprendo —dije, cuando la mujer me explicó, como en todos los lugares anteriores a los que había llamado, que ahí no vivía ninguna Kissa—. Gracias y disculpe las molestias.
Corté la llamada, tachando de inmediato el número que acababa de marcar. A medida que el lápiz marcaba las líneas sobre los números, yo me preguntaba si en algún momento me daría por vencido, pero en cuanto pensaba en decir “basta”, algo me dolía en el pecho.
—Déjame, te ayudo —dijo mi hermano, arrastrando la lista hacia su lado.
—Gracias.
—Marca.
Comenzó a dictarme el siguiente número.
—¿Sí? Buenas tardes ¿La casa de los Meier? —la voz de un hombre, que podía ser su padre, me atendió— Estoy intentando encontrar a Kissa… Meier —suspiré—. Comprendo, gracias.
Tiré el teléfono sobre la mesa, me eché atrás en la silla y me llevé las manos a la cabeza.
—Ven, vamos a dar una vuelta. Tomar aire te hará bien —sugirió Tom.
—Quiero encontrarla.
—Seguirá estando dónde sea que esté. Podemos permitirnos dar un paseo —insistió. Lo miré.
Sabía que tenía razón, Kissa seguiría estando en el mismo lugar en unas horas más. Necesitaba despejarme, o terminaría destrozando el teléfono.
—Pero conduzco yo.
Tom suspiró y extendió su respuesta, mientras caminaba fuera de la habitación.
—Bueno…
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—Esa, esa —decía Georg a Gustav, mirando a una de las chicas que estaba en la pista de baile.
Nos habíamos reunido con ellos, y habían insistido en que fuésemos a un club. La idea no me convencía demasiado pero los seguí con la premisa que me arrojó Tom.
“Quizás puedas encontrarla en un sitio así”
Aunque sabía bien que era una tontería pensar en ello, pero ¿Cuántas cosas improbables me habían sucedido últimamente? Como para descartar posibilidades estaba yo.
—¿Cómo va a ser esa? —preguntó Gustav— Tom dijo que era rubia.
Yo suspiré bebiendo un poco de mi bebida. Nada de alcohol había dicho el médico, aunque ahora mismo me moría por un vodka.
—Tampoco es rubia, rubia —quiso aclarar Tom. Les había contado a los chicos que yo buscaba a alguien con las características de Kissa. Que la había visto hace un tiempo a la distancia. Y vaya distancia— Bill —lo miré—, no es rubia del todo ¿Verdad?
Me resultaba tan gracioso ver a los tres, intentando encontrar a alguien que ni siquiera conocían.
—Ya no sé —me encogí de hombros.
Podían haber sucedido tantos cambios en siete años. Aunque en medio de mis sueños, o recuerdos, la veía muy similar a como la había conocido. Me enfoqué en ese recuerdo. Creo que me dolió el alma cuando recordé como la había tratado. Su cabello era algo más oscuro, sólo un poco, como si el tono ligeramente anaranjado que tenía predominara. Sus rizos que solían ser una maraña, estaban más definidos.
—¡¿Esa?! —exclamó Tom.
Miré de forma instintiva.
Había una chica, esperando a que la atendieran en el bar, junto a otras dos. Se mantenía de lado, de modo que no me era posible ver bien su rostro, pero su cabello se ajustaba a la descripción que le había dado.
—No creo que lo sea —dije, acercándome un poco más a Tom. La escasa luz que había en el sitio que nos habían dado, nos protegía a los cuatro.
—Ve a ver —me instó— ¿Qué pierdes? Más tiempo hemos gastado hoy en llamadas telefónicas.
No podía quitarle razón. Tomé aire.
—Ve —insistió Gustav, con su tono de mando.
—Y si no es ella, háblale igual —concluyo Georg, riendo.
Lo pensé un momento. Observé con detención a la chica. Sabía que si no encontraba a Kissa pronto, mi vida volvería a la normalidad y ya sería casi imposible pensar en hallarla. Quería hablarle y agradecerle.
Me puse en pie, y los chicos soltaron a coro una exclamación alegre. Los miré sorprendido, cualquiera diría que había roto una marca olímpica o algo parecido. Entonces la mire, ella se había girado de modo que podía distinguir su rostro.
No, no era Kissa.
Me sentí estúpido sólo por pensar en que pudiera tratarse de ella. Era absurdo sólo imaginarlo.
—¿Qué? —preguntó Gustav.
—¿Qué? —preguntó Georg, mirando a la chica y luego a mí.
Ambos chicos no entendían mi expresión. Sin embargo Tom lo supo.
—Que no es ella —dijo, con seguridad.
Aunque la posibilidad era mínima, por un pequeño instante me sentí ilusionado.
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Al día siguiente me levanté pronto. Había entrado a la cocina, en un intento fallido de prepararme algo para desayunar. Estaba marcando algunos números de los que había en el listado que tenía, cuando Tom apareció.
—¿Y tú? ¿A qué hora te has levantado? —me preguntó.
—Hace una hora… más o menos —me llevé el teléfono al oído.
—¿Desayunaste? —quiso saber. Negué con un gesto.
—¿Sí? ¿Quería saber si vive ahí Kissa Meier? — miré a Tom con la expectativa de la pregunta, y luego con el fracaso de la respuesta—. Disculpe.
Apreté el teléfono, llevaba catorce llamadas desde que me había levantado, y aún me quedaban la mitad de los Meier de Hamburgo.
Suspiré.
—¿Café? —preguntó mi hermano, que realmente estaba teniendo una paciencia digna de ser premiada.
—Gracias.
Comenzó a preparar la cafetera.
—¿Qué crees que podría estar haciendo ella ahora? ¿Estudiar? ¿Trabajar? —preguntó, posicionando la cafetera. Se quedó de pie junto a la mesa de la cocina, observándome.
—No lo sé, trabajando… creo —Tom miraba el teléfono en mi mano.
Se sentó y lo tomó entre sus dedos. Imaginé que querría suplirme en lo de hacer llamadas, así que se lo dejé. Comenzó a manipularlo.
—¿Sabías que Kissa significa hermana de gemelos en egipcio? —me preguntó.
—¿Qué haces? —quise saber. No era momento de ponerse a jugar.
—¿No es obvio? —respondió, sin quitar la mirada de la pantalla.
—No, no lo es.
—La estoy buscando en internet. Quizás encuentre algo —se encogió de hombros.
No lo había pensado, y era una posibilidad como cualquier otra.
Creo que casi me subí sobre la mesa para llegar a ver la pantalla del teléfono.
—Busca por diseño publicitario —le sugerí.
Tom me miró.
—¿De verdad? Si esa chica en tus sueños te dijo tantas cosas, debería haberte dejado una dirección —ironizó, pero luego ambos reímos del absurdo que nos rodeaba. Seguimos buscando.
—¿Hay algo?
—Calma, acaba de abrir —Tom parecía muy concentrado. Yo miraba de medio lado la pequeña pantalla—. Kira… Kira diseños… decoraciones.
—¿Algo? —insistí.
Tom negó con un gesto.
—¡Espera! —exclamó entonces.
—¡¿Qué?! —quise tirar del teléfono.
¿La habíamos encontrado?
—Mierda —masculló Tom. Lo miré y por su expresión supe que no era algo bueno.
—¿Qué? —pregunté con la voz contenida. Podía notar la presión en el pecho. El miedo.
Tom me miró. Resopló
—Bill, aquí hay una noticia sobre un accidente —en sus ojos se notaba la tristeza.
No dos veces, pensé.
—¿Habla de ella? —murmuré.
—Sí, te leo —miró la pantalla—. En malas condiciones quedó la conductora del coche que fue chocado lateralmente por el primero.
Un choque. Un accidente.
—¿Cuándo? —pregunté ansioso, sosteniendo con la mano el colgante de Kissa que llevaba al cuello desde que lo había encontrado.
Tom buscó en medio de la noticia, y creo que poco le faltó para ponerse blanco como una hoja de papel.
—Diecinueve de Enero…
Ambos nos miramos. De alguna manera yo comprendía lo que podía significar, para Tom era una confirmación más de lo que yo le había contado.
Comenzamos buscando el parte policial sobre el accidente. En la policía no podían darnos mayores datos, sólo se ofrecieron a facilitar un teléfono de contacto. Aunque a cambio tomaron todos nuestros datos, para asegurarse de que no utilizaríamos de manera indebida esa información. Cuando salimos de la policía y entramos en el coche. Yo mantenía mi teléfono en una mano y el número en la otra, ambas con un ligero temblor.
—¿Quieres que lo haga yo? —preguntó Tom, que permanecía a mi lado. Negué, sin quitar la mirada de lo que tenía en las manos.
Sabía que esta llamada abriría una puerta para seguir avanzando, o la cerraría definitivamente.
Marqué el número con más lentitud de la habitual, escuchando el ‘tic, tic, tic’ de cada número al marcar. Esperé, y la voz de una chica al otro lado logró sobresaltarme, durante el segundo exacto que tardé en comprender que no se trataba de ella.
—Sí… ehm —titubeé, escuchado la pregunta de ‘quién es’, al otro lado—. Me han dado este número para encontrar a Kissa Meier...
El corazón batía en mi pecho con fuerza.
—Es su casa ¿Quién llama? —continuó preguntando la chica.
—Un amigo… Bill —agregué al no obtener respuesta.
—Hablas con Annie, una amiga —así que era Annie—. Kissa y yo compartimos departamento —al oír aquello me sentí un poco menos ansioso, al parecer estaba bien— ¿Qué tan amigos son? —quiso saber— Ella no tiene muchos amigos.
—Un… amigo lejano —cerré los ojos ante la estupidez de mi propia explicación. Tom se dio con la palma en la frente.
Annie espero un momento. Luego habló.
—Verás, ella tuvo un accidente —comenzó a explicarme.
—Sí, lo sé… por eso llamó para saber cómo está —la ansiedad se filtraba en cada palabra.
—Sigue en el hospital —su voz se fue haciendo más apagada, como cuando quieres dar una mala noticia. Yo sentí el peso de cada sílaba—. No ha despertado.
—¿Despertado? —miré a Tom. Mantenía los ojos muy abiertos, me observaba inquieto— ¿Me podrías decir dónde está?
De ese modo Annie me dio la ubicación de Kissa. Hospital, piso y habitación.
El blanco pasillo se me hacia interminable, a pesar de los largos pasos que estaba dando. Tom caminaba junto a mí con el mismo ritmo, ambos en absoluto silencio. Me detuve frente a la puerta que indicaba el número de la habitación de Kissa, y tuve que tomar aire antes de decidirme a empujarla con suavidad. La prisa y la ansiedad me traían el corazón acelerado.
La puerta comenzó a abrirse, y recorrí el pequeño pasillo que había en la entrada antes de poder ver la cama. Cuando la vi a ella recostada y conectada a una serie de máquinas que median sus contantes vitales, me quedé estático y sin poder avanzar,
—Kissa —susurré muy despacio. Notaba el nudo que se formaba en mi garganta por las lágrimas—… mi preciosa Kissa.
“Un día te vi, estabas envuelta en la luz pálida de mis anhelos que comenzó a hacerse más intensa, cuando tus ojos me vieron a mí”
Continuará…
No me linchen… que de lo contrario no puedo terminar la historia ¡!!...
Al menos la ha encontrado. Sé que no parecen las mejores circunstancias pero hay ciertas cosas necesarias para que la historia se sostenga.
Siempre en amor.
Anyara