miércoles, 13 de marzo de 2013

Rojo - Capítulo VII



Capítulo VII
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La escena era inquietante. Una habitación con paredes de piedra y enormes argollas de acero pendiendo de ellas. Observando la escena, unas mascaras de hierro con ojos y boca oscurecidos, incrustadas una junto a la otra. El sonido de unas cadenas chocaban rítmicamente. El aire se llenaba de gemidos ahogados por un pañuelo.
Nuit se encontraba atada. Los brazos estirados por encima de su cabeza y apresados por unos grilletes de acero, suspendida de dos gruesas cadenas que colgaban desde una polea situada en el techo. Tras ella, su Dom, su maestro y su obsesión. La azotaba despacio, recreándose en el ritmo de su látigo. Con cada golpe, se le enrojecía más la piel. Con cada latigazo, ella le pertenecía un poco más.
A través de las máscaras de hierro, los espectadores disfrutaban del espectáculo.
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Tom se adentraba por el pasillo de su casa. A través de la puerta entreabierta de su hermano, se escuchaba el golpeteo incesante del teclado. Bill llevaba unos días pasando de la euforia al más profundo misterio, eso lo intrigaba. Sabía que le sucedía algo, que estaba pasando algo nuevo en su vida. Era su gemelo, con sólo mirarlo podía intuirlo. Además de las señales que Bill le había dejado en el camino: las sonrisas, aquel extraño y largo paseo nocturno… Tom era curioso, no se conformaba con sólo esperar. Él seguía las migas de pan que le dejara su hermano, por pequeñas que fuesen, hasta descubrir ese “algo”.
Tom asomó la cabeza encontrándose sentado sobre la cama a un abstraído Bill, mirando la pantalla de su portátil, buscando algo con afán. Abrió un poco más la puerta y la bisagra lo delató.
—¡Tom! —exclamó dando un salto, cerrando el computador de un golpe.
Éste se sorprendió por la reacción.
—¿Qué haces? —preguntó extrañado.
Bill titubeo.
—Nada… revisando algunas cosas sin importancia —se puso en pie, comenzando a pasearse por la habitación como si buscase algo.
Tom lo observó en silencio. Esperando descubrir alguna pequeña miga en su actitud, pero Bill aún no dejaba filtrar nada. A cambio lo observó y preguntó con decisión.
—¿Querías algo?
Ahora Tom titubeó. Enfocándose en el gesto inquieto de su hermano, que giraba con el pulgar un anillo llevaba en el índice de la mano derecha. Una sencilla argolla de metal que no recordaba haberle visto antes. Pero claro, Bill tenía tantos anillos, que aquello no debía extrañarle.
—¿Tom? —insistió, dejando caer la mano a un costado, cerrándola en un puño.
—Ehm… bueno… pensaba salir a comer —explicó Tom, lo que no era del todo mentira.
—¿Qué hora es? —preguntó Bill, buscando en su mesilla de noche el reloj.
—No estoy seguro… ¿las tres?, ¿las cuatro, quizás?
Bill miró la hora y luego cerró el cajón.
—Son casi las cuatro —informó a su hermano, que continuaba de pie muy cerca de la puerta—. Me parece bien.
Tom asintió, notando que el anillo ya no estaba en las manos de Bill.
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Bill subía la corta escalera que había en la entrada de un club al que él, su hermano y algunos amigos habían decidido ir. Al principio Tom sugirió “aquel Club”, del que Bill había comenzado a conocer las entrañas… al final había desistido ante el aparente tedio de su  hermano a volver a visitar ese lugar. No es que no deseara regresar, al contrario, el problema estaba justamente en que quería hacerlo, pero no se sentía muy cómodo ante la idea de dar explicaciones. Y si se encontraba a Nuit, tendría que darlas.
—No te quedes atrás —escuchó hablar a Tom que iba unos pasos por delante de él.
Apresuró un poco más su andar, alcanzando a su hermano, y ambos entraron al lugar tras sus amigos.
Bill dejó que la música llenara sus oídos, que el bullicio de la gente lo rodeara. Quería saber si aquella extraña experiencia de días atrás, había cambiado de alguna manera su percepción de las cosas. Quería saber si podía dejar de ver a la gente “en gris”.
“¿Qué tomarán?”
Se acercó un camarero hasta la mesa que le habían asignado al grupo. Cada uno pidió algo para beber. Las dos chicas se secreteaban observando la pista de baile, de seguro estarían seccionando a alguno de los hombres que había ahí. Tom se distraía con uno de sus amigos, planeando sus pasos para, quizás, no irse sólo al acabar la noche. Bill suspiró al encontrarse recorriendo los rincones en busca de una cabellera rubia que no hallaría.
Varios minutos más tarde se acercó a la barra para pedir, por su cuenta, un vaso de whisky con coca cola. En tanto esperaba a que el barman se lo sirviera, observaba a su hermano bailando y sonriendo con una chica a la que acababa de conocer. Sus amigos hablaban en la mesa que él había abandonado. Se preguntaba en qué momento habían dejado de interesarle ciertos temas. Se sentía desgastado y ligeramente viejo. No era una cuestión de energía, era más bien una sensación, como si el mundo que conocía se le quedara pequeño.
El barman le entregó su copa y Bill bebió el primer sorbo. Cuando el vaso reposó nuevamente sobre la barra, observó a una chica de cabello oscuro que sostenía grácilmente un cigarrillo entre sus dedos, y sonreía a una amiga con la que estaba conversando.
Sus miradas se encontraron por un instante, cuando ella apagó su cigarrillo en un cenicero que había sobre la barra. No le sonrió. Sin embargo, la intensidad de su mirada le hizo pensar en una posibilidad.
Quizás habría mundo fuera de Nuit.
Medio cigarrillo, de Bill, más tarde, la chica se quedó sola en la barra mientras su amiga se iba a bailar. Lo miró con disimulo, como si quisiera cerciorarse de que seguía ahí.
Él apagó su cigarrillo contra el cenicero que tenía más cerca y se le acercó.
—¿Te viene bien la compañía o prefieres la soledad? —le preguntó a modo de saludo. Directo, sin rodeos. Ya no necesitaba de ellos.
La chica lo observó, evaluándolo. Por un momento el corazón le dio un salto al pensar en encontrar alguna barrera difícil de derribar.
Luego ella sonrió.
Era una sonrisa hermosa, no lo podía negar. Una sonrisa dibujada en sus labios cubiertos de brillo, y sospechaba que también vibrantes. Probablemente sabían entregar sensaciones placenteras para el cuerpo, pero Bill estaba descubriendo que las sensaciones que buscaba, pasaban por una mezcla insana que aún estaba dilucidando.
—¿La compañía tiene nombre? —preguntó la chica con coquetería. Una elegante coquetería, reconoció.
—Bill.
—¿Bailas Bill? —insistió con las preguntas. Aquel jueguecito le estaba gustando. Sonrió.
—Lo intento —confesó con sinceridad.
La chica le mostró una sonrisa más amplia, bajando la mirada ante la amabilidad de Bill. Él prefirió pasarlo por alto. Ese tipo de seducción simple ya no era algo que le apasionara.
—Me llamo Amy —se presentó ella.
Un nombre suave. Quizás demasiado, sin matices ni sugerencias. Sólo Amy.
Eso también quiso pasarlo por alto.
Cuando encontraron un rincón junto a los demás bailarines, comenzaron a buscar el modo de acoplar sus movimientos a la música. No se tocaban, al menos aún no. La canción era un tema electrónico de hace unos cuantos años, Bill lo recordaba de los clubes de Berlín. La voz sugerente de la cantante invitaba a la pareja a suavizar los movimientos. Amy se atrevió un poco más, buscando la cercanía.
La chica miró a Bill insinuando mucho más que los pasos de un baile. La invitación de los dedos de Amy, en medio de los botones de su camisa era obvia, podría decir que incluso complaciente. No podía negar que las formas femeninas destacaban admirablemente, pero cuando ya todo lo que puedes imaginar está marcado con un ceñido traje ¿qué le queda a tu imaginación? Si todo te lo brindan con tanta libertad ¿dónde está el reto?
Bill le sonrió, no quería ser descortés, para qué. Su tedio, su falta de interés, sólo le pertenecían a él.
La canción cambió sin pausa, del modo en que sucedían las cosas en esta clase de sitios. Era como subirte a un carro en una montaña rusa y dejarte caer por ella, subiendo y bajando sin detenerte.
Respiró más profundamente cuando la chica tocó su estómago con los dedos, él se lo permitió. No podía negar las sensaciones físicas que estaba experimentando. Estaban ahí, como el filo de una guillotina condenándolo a sus instintos más básicos, pero no se sentía cómodo con la idea de dejarse llevar por ellos. Él nunca se había sentido cómodo con eso, no estaba dentro de su rutina el llevarse a la cama a alguien por puro placer.
¿Entonces? Se preguntó retóricamente, sin poder responder.
Ella lo observaba con atención, buscando en el hermoso rostro masculino una ligera muestra del deseo que esperaba estar despertando. Los ojos de Bill permanecían puestos, intensamente, en los suyos. Amy separó los labios para respirar un poco más profundo. El chico le gustaba.
Bill miró su boca humedecida por el brillo labial, intentando imaginarla en rojo.
Para ese momento, la música marcaba un ritmo que ellos seguían con cierta pereza. Ella porque se sentía atraída. Él porque necesitaba sentirse, nuevamente, normal.
Los dedos de Bill rozaron suavemente los brazos de Amy, desde el codo hasta el hombro. La complacida expresión de ella le indicaba la aceptación. Podía notar sus cuerpos cada vez más cerca. Los puntos de unión se marcaron en sus caderas y poco a poco en el pecho. La música era rítmica, ellos bailaban pegados y con mucha más lentitud.
—¿Quieres ir a algún sitio? —preguntó Amy con suavidad, intentando seducirlo. Buscaba esclarecer aún más la invitación que ya había abierto con toques y miradas.
Bill se imaginó de inmediato, con la velocidad de un rayo de luz, el cuerpo de aquella dulce chica bajo el suyo, el movimiento, la precaria satisfacción. Y supo la respuesta.
—No, esta noche no —le sonrió con toda la amabilidad y encanto que necesitaba, para que Amy no se sintiera del todo rechazada.
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Faltaban pocos minutos para la media noche y Bill se había estacionado fuera del club. No había movimiento, era un día entre semana, pero se había atrevido a ir de todos modos. Llevaba las últimas veinticuatro horas en medio de una batalla personal con su ansiedad, y ésta había ganado.
El pulgar de su mano derecha hacía girar el anillo que se había puesto antes de salir, como un modo de recordar lo que allí le había sucedido. La euforia que había estado experimentando los primeros días, se convirtió de pronto en angustia, nada menos que comparable con la desazón posterior al consumo de alguna droga.
La suya se llamaba Nuit. Noche o Diosa, no estaba seguro.
Había averiguado por internet algunas cosas. Sabía un poco más de lo que ella estaba haciéndole. El modo en que los pasos lo llevaban a convertirse en su esclavo, pero ¿quería serlo?
Sabía muchas más cosas. Sabía que las experiencias podían llevarlo a límites que, desde luego, no conocía. ¿Dónde estaría su propio limite? ¿Qué tan capaz era Bill Kaulitz de ceder el control absoluto?
El anillo giraba con algo más de lentitud en su dedo.
Había encontrado imágenes que le mostraban formas de dominación, páginas enteras, y en algunos casos se había sentido obligado a desviar la mirada. ¿Le haría ella cosas como esas? ¿Las deseaba él?
Sabía que ahora mismo no estaba atado a nada, no existía un vínculo, todo estaba sujeto a lo que él deseara hacer. El problema estaba en que sus deseos se erizaban hacia ella, como la piel se eriza hacia el infinito en medio de un clímax.
Sabía que Nuit estaba enseñándole, poco a poco, lo que se escondía tras las cortinas de la habitación roja. Ahora sabía también, que el anillo que le había dado era un símbolo, y conocía el significado de aquel grabado.
“Pertinent ad Nuit”.  Perteneces a Nuit.
Quizás esa era la única clave.
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Nuit se encontraba de pie frente al espejo de su habitación. Se masajeaba con una emulsión, y con mucho cuidado, la muñeca de la mano izquierda, ya que los grilletes habían dejado alguna huella algo más profunda en su piel. Observó las marcas que llevaba en las caderas, dos líneas a cada lado, suavemente amoratadas por la presión de la soga que la había inmovilizado. Respiró profundamente y soltó el aire con lentitud. Aquellas eran marcas que le parecían hermosas, eran como un grabado que había dejado su Dom en ella, y Nuit se enorgullecía. Él había estado más dogmático que en otros encuentros, parecía satisfecho con el trabajo que ella había estado ejecutando. Y eso la llenaba de placer.
Arrugó un poco el ceño ante el pinchazo de dolor que notó en la zona lastimada, pero se relajó de inmediato, porque le gustaba. A veces se preguntaba cuán diferente era ella de esos fanáticos religiosos que apretaban el silicio hasta sangrar. Casi siempre concluía que no demasiado.
Sabía que lo que ella experimentaba en aquel lugar, era un placer adictivo, que sólo podía ser derribado por una adicción aún mayor.
Continuará…
Este capítulo nos va dilucidando un poco más de lo que sucede con Nuit. Ya quiero ver por dónde nos lleva ese camino. Y Bill… mmm… Bill… intentando reencontrarse con una vida que ya no le satisface.
Esperamos que les haya gustado el capítulo y que nos dejen sus mensajitos.
Archange~Anyara

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