martes, 23 de abril de 2013

Rojo - Capítulo XIII



Capítulo XIII
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Sentado en un café, Bill observa a las personas pasar. Intenta adivinar qué clase de vida tiene cada una. Sus deseos y fantasías. Busca descifrar dónde comienzan los espejismos y cuándo se diluye la realidad. No puede evitar preguntarse ¿Hasta dónde podría llegar su fantasía? ¿En qué punto la extraña historia que protagonizaba terminaría? ¿Cuándo, en medio de una vida insípida, el sabor de lo prohibido abandonaría su boca?
El placentero gusto del café recorre su lengua, sólo podía compararlo con el tabaco, y Nuit.
Decide no analizar más, únicamente sentir. Una última vez. Siempre una última vez.
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Avanzaba por el mismo pasillo que ya había recorrido varias veces junto a Nuit. Ella lo hacía unos pasos por delante de mí. No podía dejar de observar el modo cadencioso de su andar e intentar comprender la razón de su atuendo. A pesar de conocer el destino al que nos acercábamos, y lo que ahí me esperaba, la expectativa revoloteaba en mi estómago.
¿Qué sería aquello especial que haríamos? ¿Qué desconocido sufrimiento me tendría deparado Nuit?
Me miró por encima del hombro, como si la sola evocación mental de su nombre hubiese sido suficiente para llamarla. A veces, en medio de las absurdas conclusiones que sacaba, la imaginaba como una criatura sobrenatural capaz de leer mis pensamientos y de anteponerse a mis deseos.
Desde que me reuní con ella en este pasillo, por indicación de un hombre que se me acercó en la barra, Nuit no había pronunciado palabra. Sabía que nuestro último encuentro no cambiaría la relación de poder y sumisión que manteníamos, pero quizás esperaba algo más de cercanía por su parte.
Se detuvo mucho antes de llegar a la habitación roja, en un punto del pasillo en que no había nada más que farolas. La observé atento a cada movimiento que hacía. Vi como sus dedos descendían la cremallera del traje, descubriendo el cuello. Buscó dentro del escote la llave que siempre llevaba. Luego, acompañé con la mirada el recorrido de la llave hasta que entró en una cerradura, que se encontraba en uno de los candiles adosados.
Nuit giró la farola sobre su eje y ésta permitió la apertura de una puerta oculta en la pared. Me sentí, por un segundo, sumergido en una escena medieval.
Ella me miró, con la misma serena y sensual expresión que había adoptado desde que nos encontramos. Me invitó.
—Vamos.
Obedecí, del mismo modo que venía haciendo las últimas semanas.
Nuit entró antes que yo. Este pasillo era mucho más estrecho que el que habíamos dejado atrás. En él cabía una persona a la vez. Un ligero escalofríos me recorrió la espalda, y me recordó a la sensación de encierro que tuve en mi sueño.
Seguí avanzando tras ella y noté el declive que había en el piso. Parecía rugoso. Miré al suelo para comprobar el material del que estaba hecho, sin éxito. La escasa luz que nos entregaban unos cirios sostenidos en salientes de hierro en la pared, no era suficiente.
En ese momento supe que la única razón de permanecer ahí, era Nuit. Su compañía me tranquilizaba y me otorgaba cierta seguridad, después de todo, ya no éramos unos desconocidos.
El sonido de la llave de acero al entrar en una cerradura metálica me alertó, y comprendí que entraríamos a otra estancia. Ella lo hizo primero, invitándome desde el otro lado, esperando junto a la puerta de acero abierta.
Entré y me pareció que el aire se había hecho más pesado. La puerta se cerró y miré atrás instintivamente. No pude distinguir los ojos de Nuit, la luz era tan precaria como en el estrecho pasillo que acabábamos de cruzar. La proporcionaba un alto candelabro con algunas velas encendidas.
—Siéntate.
Me indicó, acariciando al pasar una pesada silla de metal que había en medio de la habitación.
Noté como la expectativa se abría paso por mi cuerpo. Obedecí, preguntándome cuál sería su siguiente paso. Nuit lograba que mi piel se erizara sólo con el preludio de un encuentro.
El frío de la silla traspasó mi ropa. Mi oído parecía agudizarse debido a la penumbra. Los tacones de ella chocaban contra el piso indicándome el sitio en el que se encontraba a mi espalda. Me giré para buscarla, pero su voz me detuvo, del mismo modo imperante en que lo había hecho tantas veces.
—Shhh… quieto.
El susurro cálido tocó la piel de mi nuca, produciéndome un ligero placer. Luego se puso frente a mí y una de sus manos me sostuvo la muñeca derecha. Resonó el clic metálico de un grillete que había en la silla. Me apresó.
—¿Qué haremos? —me atreví a preguntar. Sentía una pequeña cercanía con Nuit y eso me animaba.
—No te impacientes.
Dijo, en el momento exacto en que apretó el otro grillete en mi mano.
Nuit se agachó entre mis piernas, fijando mis tobillos con sus manos enfundadas en cuero. Tiró de ellos y sentí la excitación recorrerme como una oleada cálida, desde la nuca hasta el centro de mi cuerpo. Ya había aprendido a disfrutar de la rudeza mezclada con su sensualidad.
Se incorporó y vi su traje de cuero negro brillar con la luz de las velas. Me observó desde esa posición. Su mirada me resultó poderosa, como si me retara. Su cabello permanecía sujeto en una larga y severa trenza. Severa como el aura que emanaba de Nuit esta noche. Parecía peligrosa, insinuante. Como una llama danzante y fiera a la que es mejor no tocar.
Admiraba su obra. Yo me removí sólo para complacerla, sabiendo que no podría liberarme. Sólo en ese momento me di cuenta de que la silla estaba fija al piso. Comenzaba a sentirme excitado sólo de imaginar lo que podría seguir ¿Ojos vendados? ¿Caricias proporcionadas por la fusta? ¿Su lengua? Mis pensamientos se regodeaban en las opciones que ya conocía. Mi cuerpo comenzaba a caer en el sopor exquisito que otorga el deseo.
Se alejó de mí unos cuantos pasos y en ese momento distinguí una cortina que se alzaba de suelo a techo ¿Qué escondería tras ella? Tiró despacio, de un cordón que consiguió abrirla apenas unos centímetros por la parte central, dejando que se filtrara algo de luz. Un segundo tirón me permitió ver lo que la cortina cubría, y me tomó un momento comprender qué era.
Al principio creí que se trataba de un espejo y que lo que veía era mi reflejo. Pero enseguida entendí que no. Lo que veía era a otro hombre engrilletado a una silla, tal como lo estaba yo.
¿Me veía él a mí?
Trozos de tela caían por los costados de su cuerpo. Como si lo hubiesen desnudado cortando de su ropa. Y pude ver una daga brillar en la mano de la mujer que lo acompañaba. Tenía la piel manchada en algunos lugares, pero poco a poco fui comprendiendo que las manchas eran de sangre. Pequeños cortes lo cubrían, sin llegar a convertirse en heridas profundas.
—¿Qué está… —quise preguntar.
—Shhh…—me indicó Nuit, llevando un dedo hasta sus labios— escucha.
La miré turbado, parecía tan tranquila.
El sonido de lo que sucedía al otro lado del cristal, comenzó a llenar la habitación en la que nos encontrábamos. Y el corazón se me disparó, empujado por un sentimiento mucho más primitivo que el deseo: el miedo.
La mujer dominante acariciaba la piel desnuda del hombre con aquella daga. Me sobresalté cuando escuché el golpe que le propinó con ella. Él apretó los dientes y ahogó un quejido profundo debido al pequeño corte que aquello le ocasionó. Esperé a que la mujer le regalara una caricia, algún pequeño toque más amable luego de semejante castigo, pero no llegó. Esa no era la clase de juego que yo conocía. Un nuevo azote dio de lleno en el pecho del sometido, quitándome el aliento. Una fina línea de sangre se marcó en el lugar.
Nuit caminó hasta perderse de mi vista. Me giré para mirarla y pude escuchar el chirrido de unas bisagras viejas y oxidadas. Estaba abriendo una gaveta.
Mi atención cambió de punto, cuando otro alarido del hombre me estremeció ¿Era legal lo que hacían con él? ¿Hasta dónde se podía llegar?
Apreté las manos en un puño, cuando vi que no era un azote lo que lo hacía gritar. Era la daga paseándose por la cara interior de su muslo, grabando en su piel el dolor.
Sentir el tacto frío del metal sobre mi mejilla me hizo contener el aliento.
—¿Qué haces?
—Silencio.
Noté la punta de la hoja de un cuchillo acariciando mi cuello,  presionando mi garganta.
Otra vez se escuchó la voz del hombre que se quejó con furia.
—Pero…
Alcancé a modular, cuando sentí el ardor en la piel, justo sobre el hombro derecho. Miré la marca roja que apenas se podía distinguir debido a la escasa luz, pero supe que estaba sangrando. Busqué los ojos de Nuit, necesitaba comprender qué estaba pasando. Pero ellos eran como una profunda tormenta. Y yo me sentí como un marinero al que sólo le quedaba encomendarse a Poseidón.
No debía hablar.
El cuchillo que Nuit manejaba se metió por el interior de mi camisa. La tela sonó cuando la punta de metal la rasgó. Su mano la tomó y arrancó un trozo, comenzando a desnudarme.
Empezó a pasearse a mi alrededor y pude ver el resplandor de la empuñadura de la daga que llevaba. Sentí la hoja tocando mi nuca, y el miedo fue expandiéndose por mis venas y mis músculos, hasta tensarme.
Nuit rasgó nuevamente la tela, esta vez hundiendo el cuchillo por encima de mi brazo. Tiró de ella con su mano, como una fiera despedazando a su presa. Apreté los labios, para no preguntarle a gritos ‘qué le pasaba’.
En cuestión de un instante, la mujer a la que seguía por el pasillo y que se estaba convirtiendo en musa de mis creaciones, se había transformado.
La daga cruzó mi espalda, de hombro a hombro, produciéndome un leve escozor en lo que supuse sería una nueva marca sangrante en mi piel.
¿Qué había hecho mal ahora?
Para ese momento respiraba por la nariz, agitado y apretando los puños. El dolor no era tan fuerte como el que debía sentir el hombre al que estaba viendo, pero claro, yo aún estaba medio vestido.
En ese instante vi como la mujer lo amordazaba. Y de pronto me faltó el aire.
Nuit empezó a cortar la tela de mi pantalón. Sentí la daga tocando ligeramente mi piel, pero a pesar de la inquietud que eso me producía, no podía dejar de observar la escena que había frente a mí. Mi cuerpo y mi mente comenzaban a sumirse en una especie de sopor, pero no podía definir su procedencia. El temor seguía latente en mis venas, lo constataba por el modo angustioso en que oprimía los puños.
Vi como la mujer daba pequeños golpes en los pezones del hombre, para luego pinzarlos con dos oscuras piezas de metal unidas por una cadena. Cerré los ojos cuando el filo que Nuit manejaba llegó a mi ingle, deteniéndose ahí. Moví la cabeza hacía mi derecha, evitando su cercanía del único modo que me era posible. Sabía que si enterraba la daga en ese punto, podría desangrarme.
Sentí su aliento sobre mi cuello, como si me olfateara. Igual que lo haría un animal.
Finalmente tiró hacia arriba, rompiendo la ropa. Solté el aire, angustiado. Los quejumbrosos sonidos provenientes de la otra habitación no cesaban. Pude ver en las manos de la mujer un aro de metal. Lo llevó hasta el sexo de aquel pobre hombre y contemplé como lo introducía en aquella pieza.
Instintivamente miré las manos de Nuit.
Escuché un quejido desesperado y ahogado por la mordaza. Se me aceleró más aún la respiración, cuando la mujer comenzó a apretar unas pequeñas tuercas a ambos lados del aro. Estaba oprimiendo la carne.
El cuchillo tocó mi muslo derecho, bajando hasta mi pantorrilla. Un alarido de sufrimiento proveniente del otro lado me estremeció, y sentí un dolor lacerante en la pierna. El cuchillo me había vuelto a cortar. Me quejé, con miedo a la represalia.
Había cuestionado muchas cosas de ella, pero nunca había cuestionado su estado mental. Hasta ahora.
La voz de la mujer, mezcla de furia y placer, le pedía algo a su presa. Algo que él no podría pronunciar.
—Si quieres que pare, tienes que decir la palabra —lo instigó. El hombre tenía los ojos enrojecidos por el padecimiento—. Dime tu palabra de seguridad —insistió en el momento en que apretó un poco más. El hombre se quejó lastimeramente, y comenzó a llorar.
Todo lo que estaba viendo me parecía inconcebible. Y todo lo que estaba viendo, parecía a un paso de mí. Los grilletes, los cortes, la mujer maléficamente enfundada en cuero. La imagen al otro lado del cristal era un reflejo de lo que yo mismo podía comenzar a vivir y eso me llenó de angustia. Forcejeé con los grilletes, me desesperé y quise ponerme en pie sin lograrlo. La hoja de la daga me tocó la mejilla, conteniéndome.
Respiraba agitado, al borde de un colapso. Miré al hombre al otro lado, como si fuese un vaticinio, una visión precognitiva de mi mismo.
Entonces una tela suave tocó mis labios y la presión que Nuit ejerció con ella, los separó. Yo también estaba amordazado.
¿Sería Nuit capaz de hacer lo mismo que aquella mujer?
Su voz se abrió paso por mi oído, pragmática y dulce. Su aliento tibio me acarició al hablar.
—¿Cuál es tu palabra de seguridad?
Un escalofrío recorrió mi espalda. En ese momento me sentí expuesto y vulnerable. Perdido.
Los tacones de Nuit sonaron en medio de las quejas del hombre frente a mí. Se acercó a la cortina y la cerró. Éstas oscilaron en tanto los quejidos se silenciaron y ella apagó las velas que ardían en el alto candelabro.
Todo se quedó a oscuras. Todo en silencio.
Noté un sudor helado humedeciéndome la piel, cuando escuché sus pasos alejarse y comprendí la soledad en la que me había abandonado.
Cerré los ojos y sentí mis lagrimas caer.
Continuará…

De acuerdo, guarden los tomates y los objetos afilados de momento... ¡Esperen al  siguiente capítulo! (o no *cejas*) Gracias por seguir junto a nosotras cada paso de esta historia ¡Sois nuestras musas! Sin vosotras no estaríamos aquí <3

Muchos besos, amores~
Archange~Anyara

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