miércoles, 3 de junio de 2015

Penumbra / Serie Erótica



Penumbra
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Estoy en una sesión de fotos. Intento sumergirme lo más que me es posible en el trabajo para no pensarte, pero es tan difícil, porque soy un masoquista. A ratos me pregunto qué queda de nuestro amor ¿Ha sido amor? Me machaco la cabeza, buscando el recuerdo de tu mirada que me hablaba, que me gritaba que era un maldito… y sin embargo no dijiste ni una palabra. Te he esperado desde aquella noche. Muchas de ellas he pensado incluso en perderme por las calles de la cuidad y sucumbir a una pasión vana con tal de ver tu reproche, porque al menos así apareces y vuelves a mí. Y es entonces cuando me pregunto: qué queda de nuestro amor ¿Ha sido amor?
Las luces de los focos están atenuadas por lienzos de un gris casi blanco. La luz se transparenta creando un ambiente íntimo y casual. No puedo evitar pensar en ti y en cuánto quisiera que me vieras trabajando, que me vieras en una situación muy diferente a la última que compartimos. Quizás por eso te he recreado oculta en un rincón, observándome con calma, hasta que en tus ojos aparece nuevamente la desilusión por lo que te hice. El fotógrafo me pide que improvise, que me mueva, que muestre lo que yo quiera, como yo me sienta; y sólo puedo taparme el rostro. He cambiado de opinión, no quiero que me veas.
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Mi habitación tiene dos ventanales que están separados por un muro de un metro de ancho, quizás dos. Mi espalda descansa contra él, en medio de los claroscuros que se crean por la luz de la luna llena que esta noche decora el cielo, a veces creo que también decora a los corazones dolientes; les recuerda la belleza que jamás tendrán. Desde este espacio en el que me oculto y miro la cama, espero a que si no me ves en ella te animes a entrar, a aparecer o lo que quiera que tú hagas. Te extraño, es lo único que puedo dilucidar de todo esto que siento y que me corroe. A veces, cuando te extraño hasta el límite, las manos me comienzan a temblar y pienso que voy a estallar de tanto amor y tanto dolor que no puedo expresar. A veces quiero que sea así… a veces quiero dejar de sufrir. Otras veces, quizás más de las que me gustaría confesar, me sumerjo en ese dolor de no tenerte y comienzo a escribir canciones, muchas veces las líneas surgen como poesía, como ideas sueltas que van llenando párrafos en un papel en blanco. Luego, por el bien del arte, se simplifican hasta que son sólo conceptos de pocas líneas decoradas con música.
Miro la cama que he dejado pulcramente abierta, con las sábanas limpias, estiradas, blancas. Comienzo a imaginarte sobre ella, a recrear la forma de tu cuerpo que me da la espalda. Veo la prominencia de tu cadera que da paso al hundimiento en tu cintura. La hendidura de tu espalda, tu cabello desparramado al final de la almohada y cayendo ligeramente por un costado. Te veo acariciando el lugar vacío en el que debería estar yo y por un momento me pregunto si no estaré observando tu lado del universo. El corazón se me inflama de emoción ¿Me extrañas cómo yo? Parpadeo y tu figura se disuelve, el corazón me pesa y la angustia duele.
Todo esto me parece tan injusto; quisiera que te ahogaras conmigo en este mar de tristeza. Llego a un punto en el que tocarte, acariciarte y hacerte el amor es lo único que deseo. Se me viene a la cabeza el decir que me muero por ello, pero morir es tan poco para lo que padezco. Sin embargo, mientras más te ansió y mientras más miserable me siento, más comprendo que sólo necesito contemplarte. Porque el amor, cuando es amor, no es egoísta, no pide mucho… creo que casi nada.
Estoy agotado. Pienso en un cigarrillo, en una cerveza, pero no tengo ganas de moverme e ir por ello. Camino hasta la cama y me resigno a ocuparla solo y dejar que el frío de la madrugada me acaricie la espalda. Me quito el reloj, la pulsera que lo acompaña y lo dejo todo sobre la mesilla. Veo tu sombra y las emociones de hace un momento vuelven, inflando mi corazón hasta que me cuesta respirar. Me quedo de pie, muy recto, giro la cabeza y te miro los pies desnudos sobre la alfombra; no me atrevo a verte a los ojos. Te acercas y permanezco estático. Te quedas de pie frente a mí y entonces ya no puedo evitar mirarte, aunque nuestros ojos no se encuentran.
¡Oh, Dios mío, a qué hueles! ¿Lavanda, lirio, sándalo?
Cierro los ojos y te huelo, inconscientemente me inclino hacia tu cabeza y respiro el aroma de tu pelo. Al abrirlos, los tuyos me observan firmes; no hay dolor, no hay reproche, tampoco amor ¿Qué hay?
Tiras de la cintura de mi pantalón y sin pedir permiso desatas los botones en cuestión en un instante. No me opongo, aunque la acción silenciosa me altera. Me arrancas la ropa, enrabietada; lo comprendo, te he hecho daño y aún así estás aquí. Siento deseos de estrujarte en un abrazo que te deje sin aire y sin recuerdos dolorosos de mí. Sin embargo sigo estático, obedeciendo a los pasos que me indicas dar.
Mi ropa está en el suelo; la tuya, aunque escasa, sigue en su lugar.
—Sé que… —intento decir algo, disculparme, decir algo.
—¡Shhhh! —me callas, imponiéndote. No me importa, no puede importarme.
Tomas mi sexo que aún está aletargado y me arrancas un quejido cuando lo oprimes. Luego sostienes con tu otra mano mis testículos y las uñas se marcan en la carne como si quisieras arrancarlos. Una oleada de sensaciones, mezcla de deseo y pánico, me recorre todo el cuerpo. Separo los labios y respiro agitado. Te miro, esperando a que tus ojos me observen y me digan qué piensas hacer. No obstante ellos permanecen fijos en el tatuaje de mi pecho, como si te hipnotizara. Nos quedamos así un instante, unos cuántos cuartos de minuto. Tus manos dejan de ser una jaula para mis genitales y se convierten en un bálsamo suave que los acaricia. Las sensaciones se definen finalmente en deseo puro. Acercas la boca a mi pecho y lames el camino de la derecha de mi tatuaje; es como si lo marcaras, como si buscaras que tu olor impregnase mi piel. Vuelves a acercar tu boca a mi pecho, esta vez a mi pezón y succionas el piercing que llevo en él hasta que me quejo de dolor.
Duele, duele, duele; me lo dice cada cosa que haces. Ya no pienso más en ese abrazo, simplemente te lo doy. Luchas, te retuerces para que no te aprisione, para que no intente calmar tu dolor con mi amor; hasta que cedes y lloras y tus manos me vuelven a apretar como si quisieras arrancarme la carne.
Te suelto de forma instintiva. Usas el pequeño espacio que te doy para empujarme sobre la cama y montarte sobre mí. Te acomodas de modo que mi sexo toca el tuyo sin entrar; mi pene adormecido por el mal trato comienza a despertar y se llena. Te alzas lo suficiente como para que roce los pliegues de tu entrada; te acaricias con él y te lo clavas con provocativa lentitud. La desesperación de mi alma y de mi cuerpo se funde y pesa en mi pecho como una losa de mármol. Mis manos buscan tu cadera, se me escapa un suspiro; oh, tu cadera. Apartas mis manos de tu cuerpo y me abres los brazos a ambos lados como si me crucificaras. Los sostienes ahí desde arriba, usando tus manos como anclaje. En ese instante nuestras miradas se vuelven a cruzar; la luz de la luna llena te da en la espalda y rompe espacios entre tu silueta y tu cabello. Separas los labios y anhelo que me beses, no por una cuestión de deseo, por la necesidad acuciante de tu perdón.
—¿Cómo se olvida lo que te mata el corazón? —preguntas. Siento como si me hubieses golpeado la garganta y me asfixiara. Cierro los ojos, noto las lágrimas. Peleo contra tu sujeción con una fuerza inútil porque en realidad no quiero soltarme; sé que me lo merezco.
Comienzas un movimiento armónico que simula las olas en calma que van y vienen hasta la orilla de la playa. Despacio, profundo; no salgo de ti, sólo me muevo en tu interior. Excitado y a la vez inanimado, roto, partido por la mitad. Ha llegado el momento que temía, el juicio por no saber amarte. Te mueves más rápido y siento como tiemblan tus brazos.
—No te tocaré —te garantizo. Quiero darte, al menos, placer.
Te yergues y adquieres más libertad. Te escucho gemir y el deseo se mezcla con mi tristeza. No consigo asirme a ese cabo de amor que nos lleva por la tempestad cuando nos amamos. Hoy somos sólo dos cuerpos en la búsqueda demencial de algo; quizás de un último recuerdo. Te tocas el pecho por encima de la ropa, tienes los ojos cerrados y me pregunto si me ves en medio de tu fantasía. Acaricio la sábana y la arrastro con los dedos para sostenerme de ella, simulando que te aprisiono a ti. Te mueves con insistencia, con fuerza, con desesperación. Me miras y la rabia sigue ahí.
—¡Por qué! ¡Por qué! ¡Por qué! —me golpeas el pecho con las manos abiertas. Te sientes tan impotente como yo. Te las sostengo y luchas y lloras; y lucho y lloro. Y tiro de ellas hasta mis labios y las beso y las idolatro— Por qué —insistes una vez más, sin fuerza.
—Porque no tenerte es como si un animal me devorara por dentro.
Ya no hay lucha, sólo llanto. Te derramas sobre mí y descansas tu cabeza en mi hombro.
—Ah… —se me escapa un quejido que refleja el alivio tan profundo que experimento. Extiendo el brazo y te pego a mi costado, deseando que seas carne de mi carne. Y respiramos hondamente, nos llenamos los pulmones y los sentidos con este momento. Ambos sabemos, aunque no lo digamos, que es más grande el amor que lamenta y perdona.
Vuelvo a besar tu mano, esta vez solitaria; la otra descansa junto a mi ombligo.
—Un día te enamorarás y yo dejaré de venir —repites la sentencia que ya me has dado.
—Ya estoy enamorado y tú sigues viniendo —el dorso de tu mano acaricia mi vientre de arriba a abajo.
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N/A
Un nuevo one shot/capítulo de Erótica. Las fotos de las últimas horas han dejado muchas ideas en el aire, pero para una creadora como yo, lo mejor es la inspiración que dejan :D
Espero que les haya gustado.
Un beso.
Siempre en amor.
Anyara

4 comentarios:

  1. ops y le fue bien, si hubiera sido yo, palabra de honor que no lo vuelvo a buscar a pesar de que muriese de dolor, pero bueno ella es masoquista y por eso lo busca, además si ella vive en otra dimensión se entiende un tanto el hecho de que ella solo es una ilusión en el plano real de él. El ser humano en ocasiones busca consuelo y realidades.
    Por otro lado me entra mi lado malvado y rebelde y digo y acaso solo él puede enamorarse? acaso ella no puede encontrar a otro? jajajaja ops no verdad porque se nos acaba erótica y parenle de contar, bueno él para que no le dice que la ama a ella. El orgullo el orgullo jejejeje Gracias por escribir

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    1. Yo creo que se puede sentir orgullo aunque de ceda, para mí el "no volver la vista atrás" es más parecido a la soberbia. De todos modos esta historia es especial porque explora el alma.
      Gracias por leer y comentar :D

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  2. Ainnsss que luchas de sentimiento la de estw pobre par, es palpable la frustacion y el dolor de ambos, ansio que encuentren la forma de volverse real, de traspasar la barrera que los separa.

    Benditas pics y bendita inspiracion *--*

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    1. La verdad es que no sé cómo harán para eso :O A ver cómo avanza la serie y los sentimientos. Esta historia es muy rara, pero la amo.
      Gracias por leer y comentar :D

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